JEREMÍAS 5: 1
“Recorred las calles de Jerusalén, y mirad
ahora, e informaos, y buscad en sus plazas a ver si encontráis hombre, si hay
alguno que haga justicia, que busque verdad y yo la perdonaré”
Se dice
que el filósofo griego Diógenes iba por la calle en un día solado con un candil
en la mano encendido. El sabio se encuentra con el rey Alejandro el Grande que
sorprendido le pregunta: “Diógenes, ¿a dónde vas con el candil encendido cuando
el sol brilla con todo su esplendor?” El erudito le responde con pocas
palabras: “Busco un hombre”. Diógenes por muy sabio que fuese, su saber era
limitado. Solo podía percibir lo que sus ojos le permitían ver: lo externo. No
lo que hay en el interior de los hombres. La condición moral de la población
tenía que ser malísima.
En el
texto que comentamos es el mismo Dios el que busca a un hombre concreto. No
necesita la ayuda de un candil encendido porque siendo Él la luz del mundo ve
con claridad meridiana: no encuentra a nadie que haga justicia, que busque la
verdad. Como no lo había Jerusalén acabó siendo destruida por el ejército
babilónico.
“Aunque digan: Vive el Señor, juran
falsamente” (v.
2). Este texto confirma lo que en su día dijo el profeta Isaías: “Este pueblo se acerca a mí con su boca, y
con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no
es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” k(29: 13).
El
profeta escribe: “Oh Señor, ¿No miran tus
ojos la verdad? Les azotaste y no les dolió, los consumiste y no quisieron
recibir corrección, endurecieron sus rostros más que la piedra, no quisieron
convertirse. Pero yo dije: Ciertamente estos son pobres, han enloquecido, pues
no conocen el camino del Señor, el juicio de su Dios” (vv. 3, 4).
La
responsabilidad de no querer escuchar la voz de Dios es universal. Un sector de
la población que es responsable de la impiedad global existente es la de los
religiosos. Así se expresa el profeta Jeremías: “Cosa espantosa y fea es hecha en la tierra, los profetas profetizaron
mentira, los sacerdotes dirigían por manos de ellos, y mi pueblo así lo quiso.
¿Qué, pues, haréis cuando llegue el fin? (vv. 30, 31).
JEREMÍAS 2: 28
“¿Y dónde están tus dioses que hiciste para
ti? Levántense ellos para ver si te podrán librar en el tiempo de la aflicción,
porque según el número de tus ciudades, oh Judá, fueron tus dioses”
Una
pregunta que nosotros los gentiles deberíamos hacernos nuestra: es la que el
apóstol Pablo hace a los judíos: “¿Y
dónde están los dioses que hiciste para ti?” Al lector si le queda algo de
entendimiento debería apropiársela. El lector es muy probable que haya nacido
en una nación en la que la religión predominante afirma ser monoteísta. Que
adora a un solo Dios: el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Si tenemos ojos
para ver nos daremos cuenta que la religión que profesan la mayoría es
politeísta. Adora a una infinidad de dioses. ¿Qué son sino dioses los muchos
santos y vírgenes que veneran? La élite
religiosa enseña sin avergonzarse que los creyentes adoran a Dios a la vez que
lo hacen con la virgen o el santo de su preferencia.
El
profeta Jeremías hace diana cuando dice: “Levántense
ellos para ver si te podrán librar en el tiempo de la aflicción, porque según
el número de tus ciudades, oh Judá, fueron tus dioses”. En el tiempo de
aflicción qué respuesta dan al lector las imágenes a las que venera con fervor,
las implora vehementemente, promete visitar los santuarios más famosos…tiempo
perdido: las imágenes tienen ojos que no ven. Los oídos de las esculturas no
oyen las súplicas. La inoperancia de las imágenes es tan manifiesta que para
desplazarse necesitan grupos de portadores que las trasladen
Una
sociedad como la nuestra que manifiesta su religiosidad de manera extremada en
Semana Santa cuando multitudes se concentran para contemplar el paso de
imágenes que representan escenas de la vida de Jesús, preferentemente su
crucifixión. ¿Qué efectos beneficiosos aportan contemplar las procesiones de
Semana Santa? ¿Qué nos dicen las
estadísticas? Las enfermedades mentales crecen sin freno. La violencia
doméstica aumenta de manera alarmante. ¿No será hora que aprendamos la lección
que nos da el ladrón que clavado en una cruz junto a Jesús que arrepintiéndose
de sus pecados le dijo al Señor: “Acuérdate
de mí cuando vengas en tu reino” ¿Qué le respondió Jesús?: “De cierto te digo que hoy estarás
conmigo en el paraíso” (Lucas 23:
42, 43). Solo Dios sabe el tiempo que el lector permanecerá en este mundo. Lo
cierto es que si imitas al ladrón crucificado junto a Jesús tu vida cambiará
por completo. Tus súplicas serán escuchadas. La respuesta que recibirás del
Señor será:”La paz te dejo mi paz te doy,
yo no te la doy como el mundo la da. No s turbe tu corazón, ni tenga miedo” (Juan
14: 27).