dissabte, 3 de gener del 2026

 

LUCAS 23: 42, 43

“Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”

Quien habló a Jesús fue uno de los malhechores que colgaba en una cruz junto a ´Él. Fue testigo de todo lo que sucedía  en el Calvario. Algo de lo que dijo Jesús  hizo mella en el corazón de aquel hombre que estaba a punto de morir. No especularemos. Nos conformaremos con la realidad. Durante su vida al malhechor no le pasó por la cabeza pensar en el reino de Dios. Tal vez por tradición participaba en las costumbres judaicas de la misma manera como los cristianos lo hacen con las suyas. Compromiso con Dios, nada de nada. Algo de lo que sucedió entorno de las cruces despertó la conciencia del bandolero.

Lo que nos interesa a nosotros es saber qué dice el texto. Lo que quiere decirnos es algo muy importante. Para salvarse, uno no tiene por qué ser un santurrón. Jesús cuando andaba por los caminos, pueblos y ciudades de Israel, con multitudes aglomerándose a su alrededor para escuchar sus enseñanzas y los enfermos fuesen curados, dijo: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Mateo 9: 13). Los fariseos que eran muy religiosos y presumían  de justos, se alejaban de los pecadores para no contaminarse ceremonialmente.

Dos hombres suben al templo a adorar a Dios. Uno fariseo. El otro, publicano. El primero presumía de ser una buena persona (Lucas 18: 11, 12). El publicano en cambio, alejado de las miradas “se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, se propicio a mí pecador” (v. 13). Jesús dicta sentencia al decir: “Os digo que este (el publicano) descendió a su casa justificado antes que el otro (el farseo), porque cualquiera que se enaltece, será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (v. 14).

El malhechor que dijo a Jesús “acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” sin decirlo explícitamente, dijo: “Dios, se propicio a mí pecador”, confesó que era pecador. Instantáneamente sus pecados le fueron perdonados. Tan pronto le rompieron las piernas para precipitar  su muerte se presentó ante Dios limpio como una patena. El malhechor únicamente reconoció su condición de pecador y Jesús fiel a lo que su Nombre significa “Salvador de los pecados de su pueblo (Mateo 1: 21), dio vida eterna al bandolero. No tenemos que confesarnos con ningún hombre. No tenemos que hacer penitencia, no tenemos que peregrinar a santuarios reconocidos como santos. “Si confesamos nuestros pecados, Él que es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan  1: 9). Los símbolos son necesarios pero no imprescindibles para obtener el perdón de los pecados. Sin la fe en Jesús que es un regalo de Dios, el perdón de los pecados es imposible.


 

LUCAS 11: 28

“Y Jesús dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan”

Encontrándose Jesús rodeado de una multitud: una mujer de entre ella levantó la voz y le dijo: “Bienaventurado el vientre que te trajo, y los pechos que mamaste” (v. 27). Bien seguro que la alabanza que la mujer dijo con respecto a la madre de Jesús es sincera, pero, fácilmente se puede sacar de su contexto. Puede entenderse que la mujer alabe a María por haber parido un hijo de la categoría de  Jesús. La otra interpretación se sale de madre hasta convertirla en corredentora con su Hijo. En vida, María supo mantenerse en el lugar que le correspondía en el plan Dios de salvar a su pueblo de sus pecados. No se apartó ni un ápice de las palabras que le dijo al ángel que le anunció que sería la madre del Hijo de Dios hecho hombre: “He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1: 38).

A nosotros lo que nos interesa es lo que Jesús dijo a la mujer que enalteció a su madre: “Antes bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”. Los primeros destinatarios de estas palabras fueron las personas enardecidas que conducían a Jesús montado en un pollino de asno en su entrada triunfal en Jerusalén. ¿De qué sirvieron los vítores triunfalistas  de la multitud enfervorizada si poco después instigada por sacerdotes y escribas,  que odiaban a muerte a Jesús por haber derribado las mesas de los cambistas y expulsado el ganado. Los que le odiaban habían convertido el templo de Dios en una cueva de ladrones.  Estos  religiosos hipócritas instigaron al populacho a que pidiese a Pilato: ¡Crucifícale, crucifícale! ¿En qué quedó a quien habían intentado hacerle rey?, en un vulgar malhechor.

El interés que aquella multitud mostraba hacia Jesús era egoísmo puro. Únicamente les importaba su salud corporal y llenar la barriga de pan. No mostraba ningún interés por la salud del alma. Es por este motivo que Jesús les dice: “Bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”. Con estas  palabras Jesús les recuerda lo dicho por el profeta Isaías: “Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” (29: 13).

La religiosidad externa si no va acompañada de los frutos adecuados es un árbol malo que está a punto de ser cortado para ser arrojado a la hoguera.

 

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