LUCAS 23: 42, 43
“Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando
vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo: hoy estarás
conmigo en el paraíso”
Quien
habló a Jesús fue uno de los malhechores que colgaba en una cruz junto a ´Él.
Fue testigo de todo lo que sucedía en el
Calvario. Algo de lo que dijo Jesús hizo
mella en el corazón de aquel hombre que estaba a punto de morir. No
especularemos. Nos conformaremos con la realidad. Durante su vida al malhechor
no le pasó por la cabeza pensar en el reino de Dios. Tal vez por tradición
participaba en las costumbres judaicas de la misma manera como los cristianos
lo hacen con las suyas. Compromiso con Dios, nada de nada. Algo de lo que
sucedió entorno de las cruces despertó la conciencia del bandolero.
Lo que
nos interesa a nosotros es saber qué dice el texto. Lo que quiere decirnos es
algo muy importante. Para salvarse, uno no tiene por qué ser un santurrón.
Jesús cuando andaba por los caminos, pueblos y ciudades de Israel, con
multitudes aglomerándose a su alrededor para escuchar sus enseñanzas y los
enfermos fuesen curados, dijo: “No he
venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Mateo 9:
13). Los fariseos que eran muy religiosos y presumían de justos, se alejaban de los pecadores para
no contaminarse ceremonialmente.
Dos
hombres suben al templo a adorar a Dios. Uno fariseo. El otro, publicano. El
primero presumía de ser una buena persona (Lucas 18: 11, 12). El publicano en
cambio, alejado de las miradas “se
golpeaba el pecho, diciendo: Dios, se propicio a mí pecador” (v. 13). Jesús
dicta sentencia al decir: “Os digo que
este (el publicano) descendió a su
casa justificado antes que el otro (el farseo), porque cualquiera que se enaltece, será humillado, y el que se
humilla será enaltecido” (v. 14).
El
malhechor que dijo a Jesús “acuérdate de
mí cuando vengas en tu reino” sin decirlo explícitamente, dijo: “Dios, se propicio a mí pecador”,
confesó que era pecador. Instantáneamente sus pecados le fueron perdonados. Tan
pronto le rompieron las piernas para precipitar
su muerte se presentó ante Dios limpio como una patena. El malhechor
únicamente reconoció su condición de pecador y Jesús fiel a lo que su Nombre
significa “Salvador de los pecados de su pueblo (Mateo 1: 21), dio vida eterna
al bandolero. No tenemos que confesarnos con ningún hombre. No tenemos que
hacer penitencia, no tenemos que peregrinar a santuarios reconocidos como
santos. “Si confesamos nuestros pecados,
Él que es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda
maldad” (1 Juan 1: 9). Los símbolos son necesarios pero no
imprescindibles para obtener el perdón de los pecados. Sin la fe en Jesús que
es un regalo de Dios, el perdón de los pecados es imposible.
LUCAS 11: 28
“Y Jesús dijo: Antes bienaventurados los que
oyen la palabra de Dios, y la guardan”
Encontrándose
Jesús rodeado de una multitud: una mujer de entre ella levantó la voz y le
dijo: “Bienaventurado el vientre que te
trajo, y los pechos que mamaste” (v. 27). Bien seguro que la alabanza que
la mujer dijo con respecto a la madre de Jesús es sincera, pero, fácilmente se
puede sacar de su contexto. Puede entenderse que la mujer alabe a María por
haber parido un hijo de la categoría de
Jesús. La otra interpretación se sale de madre hasta convertirla en
corredentora con su Hijo. En vida, María supo mantenerse en el lugar que le
correspondía en el plan Dios de salvar a su pueblo de sus pecados. No se apartó
ni un ápice de las palabras que le dijo al ángel que le anunció que sería la
madre del Hijo de Dios hecho hombre: “He
aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:
38).
A
nosotros lo que nos interesa es lo que Jesús dijo a la mujer que enalteció a su
madre: “Antes bienaventurados los que
oyen la Palabra de Dios y la guardan”. Los primeros destinatarios de estas
palabras fueron las personas enardecidas que conducían a Jesús montado en un
pollino de asno en su entrada triunfal en Jerusalén. ¿De qué sirvieron los
vítores triunfalistas de la multitud
enfervorizada si poco después instigada por sacerdotes y escribas, que odiaban a muerte a Jesús por haber
derribado las mesas de los cambistas y expulsado el ganado. Los que le odiaban
habían convertido el templo de Dios en una cueva de ladrones. Estos
religiosos hipócritas instigaron al populacho a que pidiese a Pilato:
¡Crucifícale, crucifícale! ¿En qué quedó a quien habían intentado hacerle rey?,
en un vulgar malhechor.
El interés
que aquella multitud mostraba hacia Jesús era egoísmo puro. Únicamente les
importaba su salud corporal y llenar la barriga de pan. No mostraba ningún
interés por la salud del alma. Es por este motivo que Jesús les dice: “Bienaventurados los que oyen la Palabra de
Dios y la guardan”. Con estas
palabras Jesús les recuerda lo dicho por el profeta Isaías: “Porque este pueblo se acerca a mí con su
boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor
de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado”
(29: 13).
La
religiosidad externa si no va acompañada de los frutos adecuados es un árbol
malo que está a punto de ser cortado para ser arrojado a la hoguera.
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