MARCOS 2: 17
“Al
oír esto Jesús les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los
enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores”
El texto que comentamos tiene que ver con
el llamamiento de Leví hijo de Alfeo, más conocido como Mateo. Jesús al pasar
por delante del banco de los tributos públicos vio sentado a Leví y le dijo “sígueme. Y levantándose le siguió”. Leví
condujo a Jesús y a la comitiva que le seguía hasta su casa donde los obsequió
con una exquisita comida.
El texto sigue diciendo: “Aconteció que estando Jesús a la mesa en la
casa de él, muchos publicanos y pecadores estaban también a la mesa juntamente
con Jesús y sus discípulos, porque había muchos que le habían seguido” (v.
15). El texto especifica qué clase de personas eran las que estaban sentadas a
la mesa: “publicanos y pecadores”. Los publicanos eran compañeros de Leví en la
tarea de recaudar impuestos para Roma. Estos funcionarios públicos eran
menospreciados por los sacerdotes y levitas, la casta religiosa dominante en
aquellos días, por considerarlos traidores.
En el grupo de pecadores se encontraban
las prostitutas y aquellas personas de mal vivir que eran la hez de la
sociedad. Pues bien, los fariseos que se consideraban buenísimas personas por
creer que eran estrictos cumplidores de toda la Ley de Dios no podían soportar
que Jesús y sus discípulos estuviesen sentados juntos a la mesa con la chusma.
“Y
los escribas y sacerdotes, viéndole comer con los publicanos y con los
pecadores, dijeron a los discípulos: ¿Qué es esto, que Él come y bebe con los
publicanos y pecadores?” (v.16). A Jesús que no
le pasa por alto la acusación de los escribas y fariseos, les dijo: “Los sanos no tienen necesidad de médico,
sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” A
Jesús se le conoce como el amigo de los pecadores. El lector tiene que
definirse a qué lado está con respecto a Jesús. Si se considera bueno y justo
como lo hacían los fariseos, entonces Jesús será su enemigo. En cambio si te
mira al espejo y te ves feo y arrugado por el pecado, entonces Jesús será tu
amigo que ha venido a buscarte para que te arrepientas y goces de la vida
eterna.
LUCAS 16: 13
“Ningún
siervo puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro,
o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las
riquezas”
Jesús ilustra el tema de las riquezas con
la parábola que se conoce con el nombre “El rico y Lázaro”. El opulento “hacía cada día banquete con esplendor”.
Vivía como un marajá, adulado por todos aquellos que sentaban a la mesa en la
que se servían manjares exquisitos. En cambio Lázaro, el mendigo, “estaba echado a la puerta del rico, lleno
de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico”
Dos mundos opuestos juntos el uno con el otro.
Cuando llega la hora de la muerte, nadie
se escapa de tener que comparecer ante
el tribunal de Dios para dar cuenta de todo lo hecho durante la existencia
terrenal. El texto nos dice: “Aconteció
que murió el mendigo, y fue llevado (su alma) por los ángeles en el seno de Abraham” No puede enaltecerse la
pobreza como medio para alcanzar el favor de Dios. Jesús lo deja bien claro en
El Sermón del monte cuando dice: “Bienaventurados
los pobres en espíritu, porque de
ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5: 3). Únicamente pueden llegar a
ser hijos de Dios aquellos que se
reconocen pecadores y creen que Jesús es el Salvador.
Al rico de la parábola también le llega
la hora de tener que presentarse ante el tribunal de Dios. El texto lo expone: “Murió también el rico y fue sepultado” Bien
seguro con la presencia de las autoridades civiles y religiosas en el sepelio
Fue un entierro con todos los honores. A diferencia de Lázaro que su alma “fue llevada por los ángeles al seno de Abraham, el epitafio escrito en la piedra del sepulcro
del hombre rico es muy escueto: “Fue
sepultado”.
De la bienaventuranza que gozaba el pobre
Lázaro estando “el seno de Abraham”
el texto no dice nada. En cambio, del lugar a donde fue llevada el alma del
rico el texto es explícito: “Y en el
Hades” (lugar a donde van las almas de los muertos condenados, en espera de
la resurrección corporal), pidió a Abraham que enviase a Lázaro “para que moje la punta del dedo en agua, y
refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama”.
En el tormento el rico se acuerda de su familia y le pide a Abraham que envíe,
en vida, al marginado Lázaro, a la casa de su padre y explique a sus familiares
la realidad de lo que hay en el más allá. La respuesta que recibe es
contundente: “Si no oyen a Moisés y a los
profetas, tampoco se persuadirán aunque alguien se levante de los muertos”
(Lucas 16: 19-319.
Hoy es el día de la salvación. Mañana tal
vez no tengas la oportunidad de escuchar el anuncio del Evangelio: Jesús vino a
buscar a pecadores al arrepentimiento.