VIDA DESPUES DE LA MUERTE
Una experiencia cercana a la muerte no da
respuesta a la pegunta: ¿Qué hay más allá de la muerte?
Si el
lector le pregunta al neurocientífico Alex Gómez Marín ¿qué hay más allá de la muerte? y le responde: “Es
nuestra certeza vital más incierta: La gran frontera de la ciencia. Y visto en
perspectiva, un cambio de fase de conciencia. El proceso, en fin, en el cual
nos desprendemos de nuestro cuerpo físico”. La respuesta que le ha dado el
neurocientífico es como si se la hubiese dado en chino. No ha entendido nada.
Yo tampoco.
De
manera entendedora el apóstol Pablo da respuesta a la pregunta que nos hacemos:
¿Qué es la muerte y qué hay en el más allá? “Porque la paga del pecado es la
muerte, pero el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”
(Romanos 6: 23). Con claridad meridiana y con pocas palabras despeja dos
misterios que nos preocupan: La muerte y el más allá. Dios nos creó inmortales.
La muerte es un intruso que se coló sin pedir permiso por la puerta de atrás.
El apóstol aporta luz a este tema que nos inquieta que ni la ciencia ni la
filosofía den respuesta. Si los científicos y los filósofos no tuviesen
prejuicios prestarían atención a lo que la Biblia dice en 1 Corintios 15. El
texto es un faro que ilumina en medio de las tinieblas espirituales que nos
envuelven. La fuente de donde fluye la luz espiritual que hace desvanecer las tinieblas espirituales que nos amortajan
es: “Lámpara a mis pies es tu palabra (la de Dios) y lumbrera a mi camino”
(Salmo 109: 105), y “¿con qué limpiará el joven su camino? con guardar tu
palabra” (Salmo 119: 9).
Si el
lector está verdaderamente interesado en descubrir el misterio de la muerte y de
lo que se encontrará en el más allá, siga el ejemplo de aquel padre que tenía
un hijo poseído por un espíritu maligno que se acercó a Jesús suplicándole
compasión. Jesús le dijo: “Si puedes creer, al que cree todo es posible”. La
respuesta del padre fue instantánea: “Ayuda mi incredulidad” (Marcos 9: 23,
24). La incredulidad no tiene por qué ser un inquilino permanente. Si el lector es
incrédulo a las cosas espirituales y desea desprenderse de ella solo necesita
acercarse a Jesús y decirle: Señor ayuda mi incredulidad. El vacío que ha
dejado la incredulidad desaparecida lo ocupará la fe que lo identifica con
Jesús. Recibida la fe mirará con otros ojos a la Biblia. Tendrán sentido las
palabras que Dios le dijo a Adán que no comiese el fruto del árbol de la
ciencia del bien y del mal “porque el día que comas ciertamente morirás”
(Génesis 2. 17). Dejarás de considerar fábula el relato de Satanás acercándose
a Eva para persuadirla que no creyese lo que Dios le había dicho a Adán: que no
comise el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal y de la promesa
de un Mesías (Génesis 3).
Habiendo
sido dotados con el don de la fe en Jesús adentrémonos en el misterio que las
Sagradas Escrituras revelan acerca de la muerte y de la vida. El salmista se
hace unas preguntas que son las mismas que nos plantamos nosotros. “¿Qué hombre
vivirá y no verá la muerte? ¿Librará su vida del poder del sepulcro?” (Salmo
89: 48). Dejemos que sea la Biblia que dé respuesta a estas preguntas.
El
apóstol Pablo en 1 Corintios 15 trata ampliamente el tema que nos preocupa:
“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió
por nuestros pecados conforme a las Escrituras” (vv. 2, 3). “Porque si no hay
resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó,
vana es entonces nuestra predicación, vana también es vuestra fe. Y somos
hallados falsos testigos de Dios porque hemos testificado de Dios que Él
resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan.
Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó, y si Cristo no
resucitó, vuestra fe es vana, aun estáis en vuestros pecados. Entonces también
los que durmieron (murieron) en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente
esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los
hombres. Mas, ahora Cristo ha resucitado de los muertos, primicias de los que
durmieron es hecho. Por cuanto la muerte
entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos”. El
cántico de victoria que entona el apóstol: “Mas ahora Cristo ha resucitado de
los muertos, primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la
muerte entró por un hombre, también por un Hombre la resurrección de los
muertos. Porque así como en Adán todos mueren, en Cristo todos serán
vivificados” (vv. 20-22).
El
apóstol cierra la carta a los corintios con algo de suma importancia: “He aquí
os digo un misterio: No todos dormiremos, pero todos seremos transformados, en
un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta, porque se tocará
la trompeta, y los muertos serán resucitados, porque es necesario que esto corruptible sea revestido de
incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá
la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está oh
muerte, tu aguijón? ¿Dónde oh sepulcro tu victoria? Ya que el aguijón de la
muerte es el pecado, y el poder del pecado es la Ley. Más gracias sean dadas a
Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Así que
hermanos, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre,
sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (vv.51-58).
Con la
muerte y resurrección de Cristo la existencia adquiere sentido. Los creyentes
en Cristo tenemos la certeza que después de la muerte abriremos los ojos en el
paraíso en espera de la resurrección del cuerpo.
Octavi Pereña Cortina