diumenge, 1 de març del 2026

 

PROVERBIOS 7: 14

“He aquí el malvado trama iniquidad y concibe la maldad, y da a luz la falsedad”

No es  necesario ser demasiado avispado para uno darse cuenta de qué sucede a  su alrededor. Lo triste del caso es que son muchas las personas  que tienen ojos para  ver y no ven. De todas maneras el salmista se convierte en nuestros ojos para que podamos ser conscientes de la tragedia que se nos avecina. ¿Qué ve el escritor por doquiera? Que la maldad campa a sus anchas sin olvidarse de ningún rincón.

El malvado por carecer de la luz del Señor no es consciente de las fechorías que comete. “Cava una fosa profunda pero cae en el agujero que ha cavado” (v. 15). Al carecer de la luz de Cristo que alumbra a  todos los hombres no sabe dónde pone los pies y cae en el agujero que sus propias manos  han cavado. ¡Qué triste es ver como muchas personas se pierden de manera tan insulsa.

El escritor sagrado describe lo que sus ojos ven al ser iluminado por la luz de Cristo. El escritor describe lo que sus ojos ven en la luz de Jesús que el la luz del mundo que ilumina a todo  mortal: “Su maldad volverá sobre su cabeza, y su violencia caerá sobre su coronilla” (v. 16). El primer afectado por la maldad son los malvados que se creen muy listos y creen que la maldad que ejercen sobre su prójimo no los afectará a ellos. La maldad tiene el efecto boomerang: se revuelve contra quien la ejerce.

El escritor que contempla   como los malvados  reciben las consecuencias de su propia maldad no puede por menos que “dar gracias a Dios por su justicia y alabar el Nombre del Señor, el Altísimo” (v. 17).


 

SALMO 65:3

“Las iniquidades me agobian, pero nuestras rebeliones tú las perdonas”

Sigue escribiendo David: “Bienaventurado el que tú escoges y atraes a ti, para que habite en tus atrios, será saciado del bien de tu casa, de tu santo templo” (v. 4). En el salmo 51 escrito por el mismo David describe para bendición nuestra el proceso del arrepentimiento. Vayamos a él. David lo escribió a consecuencia de la amonestación de parte del profeta Natán por haber cometido adulterio con Betsabé e indirectamente  matado a  Hurias, el esposo    ultrajado. David no cometió una mentida piadosa para eludir la responsabilidad de haber cometido pecados tan graves. Si Dios en Cristo puede perdonar pecados tan graves como los que cometió David también puede perdonar los tuyos. El requisito imprescindible es que pidas perdón de tus pecados. ¿Qué nos enseña el salmo 51? Después de la amonestación que recibió del profeta Natán, lo primero que hace  David es decirle a Dios: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia. Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones” (v. 1).

Jesús, por el mero hecho de haberle dicho a un paralítico: “Ten ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados”, algunos de los escribas decían dentro de sí: “Este blasfema”. Jesús dice a sus adversarios: “Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados, dice al paralítico: Levántate, coge tu camilla, y vete a tu casa”(Mateo 9: 1-7). David no se equivocó cuando acudió a Dios, el único que tiene poder de perdonar pecados.

Sin haber nacido de nuevo por la fe en Jesús nadie acude a Dios para que perdones sus pecados. La actitud de David reconociendo que era un pecador de armas tomar evidencia que había nacido de nuevo como hijo de Dios. El perdón de Dios no significa que el perdonado deje de ser pecador. Todo lo contrario adquiere el conocimiento de cuán ofensivo es el pecado a los ojos de Dios. Con el apóstol Pablo puede decir de sí mismo: “Yo soy el primero de los pecadores”. “He aquí en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre. He aquí tu amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Purifícame con hisopo, y seré limpio, lávame y seré más blanco que la nieve” (vv. 6, 7).

El hisopo era la planta que los sacerdotes utilizaban para rociar la sangre de los corderos sacrificados en el templo para purificar los objetos rociados. Cuando David utiliza el hisopo para que Dios lo deje más blanco que la nieve es un reconocimiento de que “la sangre de Jesucristo su Hijo (de Dios) nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1: 7).

Ahora es  cuando David puede entonar gozoso: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí, y no quites de mí tu Santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación y espíritu noble me sustente” (vv. 10-12).

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