PROVERBIOS 7: 14
“He
aquí el malvado trama iniquidad y concibe la maldad, y da a luz la falsedad”
No es
necesario ser demasiado avispado para uno darse cuenta de qué sucede
a su alrededor. Lo triste del caso es
que son muchas las personas que tienen ojos
para ver y no ven. De todas maneras el
salmista se convierte en nuestros ojos para que podamos ser conscientes de la
tragedia que se nos avecina. ¿Qué ve el escritor por doquiera? Que la maldad
campa a sus anchas sin olvidarse de ningún rincón.
El malvado por carecer de la luz del
Señor no es consciente de las fechorías que comete. “Cava una fosa profunda pero cae en el agujero que ha cavado” (v.
15). Al carecer de la luz de Cristo que alumbra a todos los hombres no sabe dónde pone los pies
y cae en el agujero que sus propias manos
han cavado. ¡Qué triste es ver como muchas personas se pierden de manera
tan insulsa.
El escritor sagrado describe lo que sus
ojos ven al ser iluminado por la luz de Cristo. El escritor describe lo que sus
ojos ven en la luz de Jesús que el la luz del mundo que ilumina a todo mortal: “Su
maldad volverá sobre su cabeza, y su violencia caerá sobre su coronilla”
(v. 16). El primer afectado por la maldad son los malvados que se creen muy
listos y creen que la maldad que ejercen sobre su prójimo no los afectará a
ellos. La maldad tiene el efecto boomerang: se revuelve contra quien la ejerce.
El escritor que contempla como los malvados reciben las consecuencias de su propia maldad
no puede por menos que “dar gracias a
Dios por su justicia y alabar el Nombre del Señor, el Altísimo” (v. 17).
SALMO 65:3
“Las
iniquidades me agobian, pero nuestras rebeliones tú las perdonas”
Sigue escribiendo David: “Bienaventurado el que tú escoges y atraes a
ti, para que habite en tus atrios, será saciado del bien de tu casa, de tu
santo templo” (v. 4). En el salmo 51 escrito por el mismo David describe
para bendición nuestra el proceso del arrepentimiento. Vayamos a él. David lo
escribió a consecuencia de la amonestación de parte del profeta Natán por haber
cometido adulterio con Betsabé e indirectamente
matado a Hurias, el esposo ultrajado. David no cometió una mentida
piadosa para eludir la responsabilidad de haber cometido pecados tan graves. Si
Dios en Cristo puede perdonar pecados tan graves como los que cometió David
también puede perdonar los tuyos. El requisito imprescindible es que pidas
perdón de tus pecados. ¿Qué nos enseña el salmo 51? Después de la amonestación
que recibió del profeta Natán, lo primero que hace David es decirle a Dios: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia. Conforme a la
multitud de tus piedades borra mis rebeliones” (v. 1).
Jesús, por el mero hecho de haberle dicho
a un paralítico: “Ten ánimo, hijo, tus
pecados te son perdonados”, algunos de los escribas decían dentro de sí: “Este blasfema”. Jesús dice a sus
adversarios: “Pues para que sepáis que el
Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados, dice al
paralítico: Levántate, coge tu camilla, y vete a tu casa”(Mateo 9: 1-7). David
no se equivocó cuando acudió a Dios, el único que tiene poder de perdonar
pecados.
Sin haber nacido de nuevo por la fe en
Jesús nadie acude a Dios para que perdones sus pecados. La actitud de David
reconociendo que era un pecador de armas tomar evidencia que había nacido de
nuevo como hijo de Dios. El perdón de
Dios no significa que el perdonado deje de ser pecador. Todo lo contrario
adquiere el conocimiento de cuán ofensivo es el pecado a los ojos de Dios. Con
el apóstol Pablo puede decir de sí mismo: “Yo
soy el primero de los pecadores”. “He aquí en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre. He aquí tu
amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.
Purifícame con hisopo, y seré limpio, lávame y seré más blanco que la nieve” (vv.
6, 7).
El hisopo era la planta que los
sacerdotes utilizaban para rociar la sangre de los corderos sacrificados en el
templo para purificar los objetos rociados. Cuando David utiliza el hisopo para
que Dios lo deje más blanco que la nieve es un reconocimiento de que “la sangre de Jesucristo su Hijo (de
Dios) nos limpia de todo pecado” (1
Juan 1: 7).
Ahora es
cuando David puede entonar gozoso: “Crea
en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí, y
no quites de mí tu Santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación y espíritu
noble me sustente” (vv. 10-12).
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