SALMO 116: 1
“Amo
al Señor, porque Él escucha mi voz y mis súplicas”
Es posible que el salmista antes de
convertirse al Señor fuese seguidor de uno de los muchos ídolos que Israel
adoraba debido al hecho de haberle dado
la espalda al Señor. Los ídolos tenían
oídos que no oían. ¡Qué diferencia existe el ídolo y el Señor! El salmista con
satisfacción exclama: “Amo al Señor,
porque Él escucha mi voz y mis súplicas”
El ídolo es una imagen inerte que para lo único que sirve es para
engañar a sus adoradores porque detrás de él, entre bastidores, se encuentra
Satanás que “no ha permanecido en la
verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla, porque
es mentiroso y padre de mentira” (Juan 8: 44).
El salmista ama al Señor por un motivo
muy importante: “Porque ha inclinado mí su oído, por tanto lo invocaré en todos
mis días” (v. 2). Muchas personas se sienten aisladas porque nadie las
escucha. El salmista es un hombre afortunado porque en el Señor ha encontrado
alguien que le presta atención. “Por
tanto le invocaré todos mis días” (v. 2).
“Angustia
y dolor había yo hallado” (v. 3). El lector ¿no
se encuentra en una situación parecida?
Hijos díscolos, enfermedades de larga duración,
desempleo…Encontrándose el salmista en una situación traumática: “Entonces invoqué el Nombre del Señor
diciendo: Oh Señor, libra ahora mi alma. Clemente es el Señor, y justo, sí,
misericordioso es nuestro Dios. El Señor guarda a los sencillos, estaba yo
postrado, y me salvó. Vuelve, oh alma mía, a tu reposo, porque el Señor te ha
hecho bien” (vv.4-7).
Desde la caída de Adán en pecado Satanás
se ha convertido en el príncipe de este mundo que hace todo el mal que puede
como enseña el libro de Job. Pero Satanás es como un perro atado a una cadena. No puede hacer más daño de lo
que le permite la longitud de la cadena. Limitado, sí, pero puede dañarnos. La
situación del mundo es una muestra de que Satanás no se ha jubilado. Sigue
activo.
La situación del mundo en que vivimos es
convulsa. Guerras y rumores de guerras proliferan. Los cristianos a pesar que
no somos ciudadanos de este mundo momentáneamente vivimos en él. Lo que le
sucede nos afecta también a nosotros. Por eso es muy importante que recordemos
las palabras de Jesús: ”Venid a mí todos
los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo
sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y
hallaréis descanso para vuestras almas,
porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11: 28-30).
JUAN 17: 20, 21
“Mas
no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en Mí por
la palabra de ellos, para que todos sean uno como tú, oh Padre, en mí y yo en
ti, que ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste”
El arzobispo de Tarragona Joan Planelles,
en su escrito: “Mártires, es decir, testigos” (La Vanguardia 18/01/2026)
escribe: “En esta semana que iniciamos la plegaria para la unidad de todos los
cristianos tenemos que recordar, en primer lugar que los mártires “de la
Iglesia antigua” son patrimonio de todas las confesiones, porque lo son de la
Iglesia aún indivisa”.
La Iglesia católica es una iglesia
narcisista: Yo, yo, yo. Es un mal irremediable. Confunde la unidad de los
cristianos con un sometimiento de todos los cristianos a la autoridad papal.
Creo que el texto que encabeza este escrito deja bien claro en qué consiste la
unidad de los cristianos: No es una unidad
externa bajo la autoridad del Papa, sino una unidad mística por la fe en
Jesús que es la Cabeza de su iglesia.
El apóstol Pablo escribiendo a la iglesia
de Corintio, dice: “¿No sabéis que
vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo
y los haré miembros de una ramera? De ningún modo. ¿O no sabéis que el que se
une con una ramera, son un cuerpo con ella? Porque dice: los dos serán una sola
carne. Pero el que se une al Señor, un espíritu es con Él” (1Corintios 6:
1º5-17).
El apóstol Pablo lo deja bien claro
cuando escribe: “Y lo dio (el Padre
al Hijo) por Cabeza sobre todas las cosas
a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en
todo” (Efesios 1: 22, 23).Todavía hay más que decir al respecto: “Y Él (Jesús) es la Cabeza del cuerpo que es la iglesia” (Colosenses 1: º18). Al
referirse el apóstol al repartimiento de dones espirituales que hace el
Espíritu Santo, escribe: “Porque por un
solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo…Además el cuerpo no es un
solo miembro, sino muchos…Porque si todos fuese un solo miembro, ¿dónde estaría
el cuerpo? Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno
solo…Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en
particular” (1 Corintios 12:11-31).
En la iglesia de Cristo no existe
uniformidad sino diversidad de miembros que por la fe en Jesús el Espíritu
Santo los ha injertado en la iglesia mística cuya cabeza es Cristo. Todos los
miembros de esta iglesia son pecadores que por la fe en Él todos los pecados
les han sido perdonados. En la iglesia que tiene por Cabeza a Jesús no hay
lugar en ella para los impíos.