diumenge, 18 de maig del 2025

JUAN 14: 6

“Jesús les dijo: Yo soy el camino, y la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí”

Los fieles católicos que creen que el sacerdote les puede perdonar sus pecados por la confesión auricular, su creencia es un absurdo porque únicamente Jesús tiene la potestad de perdonar los pecados. Ante la duda de que sus pecados no les hayan sido perdonados les queda la opción de pasar una larga temporada en un supuesto Purgatorio purgando los pecados que no les han sido perdonados hasta su total desaparición. Esta doctrina católica no se ajusta a la enseñanza de Jesús. Resumiéndola Jesús le dice a María, la hermana de Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente” (Juan 11: 25, 26).

El texto que sirve de base a esta meditación va acompañado de la enseñanza de que en la antesala del cielo hay muchas moradas disponibles para que cuando las almas de los hijos de Dios abandonan el cuerpo se encuentren en el paraíso (Lucas 23: 43) esperando la resurrección del cuerpo al final del tiempo.

La enseñanza de las moradas eternas creó dudas en los discípulos como también las puede crear en nosotros. Identifiquémonos  con el apóstol Tomás que le dice a Jesús: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo pues podemos saber el camino?” (v. 5). La pregunta la responde Jesús cuando: “Jesús les dijo: Yo soy el camino, y la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí”, esta respuesta es más que suficiente para disipar la más pequeña duda. Si se posee la fe que es don de Dios y en consecuencia se cree que Jesús es el Salvador, como escribe el apóstol Juan: “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1: 7). Tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de comprender qué significa que la sangre de Jesús nos limpia de todo pecado. No borra la condición de pecador: “Sí confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (vv. 8, 9).

Confesión al Señor, no penitencia, es la clave para el verdadero perdón de los pecados. La confesión implora la misericordia divina que perdona. La penitencia es el fruto del orgullo que hace creer que con supuestas obras meritorias se va a conseguir el perdón de los pecados.


 

ECLESIASTÉS 5: 8

“Si opresión de pobres  y perversión de derecho y de justicia veas en la provincia, no te maravilles de ello, porque sobre el alto vigila otro más alto, y uno más alto está sobre ellos”

Pienso que el texto nos viene a decir que a nivel humano se dan  diversos niveles de autoridad que toleran que la opresión  de los padres y la perversión del derecho y de la justicia sea realidad. En la realidad diaria estamos hartos de ver como la perversión de la justicia se cometa con total impunidad. El texto dice que no nos maravillemos de ello. En de una sociedad mayoritariamente religiosa a la vez que mayoritariamente atea la justicia se encuentre a ras del suelo. No debe sorprendernos porque de tal palo tal astilla. Por nacimiento natural todos nacemos siendo espiritualmente hijos del diablo. De estos Jesús dice: “Vosotros sois hijos de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer” (Juan 8: 44). El mismo texto detalla algunas características de nuestro padre espiritual, el diablo: Homicida desde el principio y mentiroso por naturaleza. En manifestaciones diversas, ¿no es lo que nuestros ojos no se cansan de ver a diario? A los hijos de Dios no les debería sorprender el panorama que sus ojos contemplan. Lo que sí debería extrañarles es que la justicia en sus diversidades se aplicase con absoluta normalidad.

De mujer nacemos siendo hijos del diablo. Por elección, por medio de la fe que es don de Dios, nos convertimos en hijos de Dios por adopción que hace que poseamos su concepto de justicia que se resume en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Si el amor de Dios se reflejase solo un poquito en la mayoría de las personas, ¿cómo no se produciría una revolución que sería para bien de todas las personas?

La conversión masiva a Cristo que es el Camino que conduce al Padre celestial no creo que vaya a producirse. Individualmente sí puede darse. Jesús después de haber resucitado de entre los muertos y antes de ascender al cielo, previendo que esto podría ocurrir, encargó a sus seguidores: “Por tanto, id, y haced discípulos en todas las naciones, bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que yo os he mandado”  (Mateo 28: 19, 20).

  

 

LAS APARIENCIAS ENGAÑAN

La toxicidad desestabiliza las relaciones

El autor de “De tóxicos” comienza así su escrito: “¿Qué hacemos con los que dan buenos resultados, pero son malas personas? Cumplen sus objetivos a veces con creces pero a veces derraman su sinceridad de manera interesada. Siembran agravios comparativos. Se rodean de víctimas propicias a su verborrea que rezuma superioridad moral. ¿Qué hacemos con los tóxicos que dan resultados?”

El 10/04/2025, en un encuentro en la Escuela del Trabajo de Lleida, en la nota de prensa el periodista S. Costa D. destaca en el título de su escrito: “Es más importante tener buena actitud que un buen currículo”. La selección de personal sea en el campo que sea siempre es un hueso duro de roer.

Los israelitas no estaban contentos  con el gobierno de los Jueces. Querían un rey como tenían las naciones vecinas. En el escenario público aparece Saúl: “Joven y hermoso. Entre los hijos de Israel  no había otro más hermoso que él, de hombros arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo” (1 Samuel 9: 2). En el momento de proclamar a Saúl como rey de Israel, el profeta Samuel se dirigió al pueblo con estas palabras:”¿Habéis visto al que ha elegido el Señor, que no hay semejante a él en todo el pueblo? Y todo el pueblo gritó viva el rey” (1 Samuel 10: 24). La esperanza depositada en él pronto se desvaneció. Fue un fracaso aquel joven “que no hay semejante a él en todo el pueblo”. Los condujo al desastre más ignominioso. Se tiene que buscar un nuevo monarca. El Señor le dice al profeta Samuel: “¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndolo yo desechado para que no reine sobre Israel?” (1 Samuel 16: 1a). Añade el Señor: “Llena tu cuerno de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de sus hijos me he provisto de rey” (16: 1b). Dicho y hecho. El profeta se dirige a Belén. Al llegar al pueblo y ver a Eliab, primogénito de Isaí, Samuel se dijo: “De cierto delante del Señor está su ungido” (v. 6). El Señor tiene que corregir a su profeta, diciéndole: “El Señor no mira lo que mira el hombre, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón” (v. 7). Las apariencias engañan. Todos los hijos de Isaí que estaban en Belén en aquel momento son rechazados. Ninguno de ellos puede ser ungido como nuevo rey de Israel. Ante el fracaso, Samuel le dice a Isaí: “¿Son estos todos tus hijos? (v. 11a). El padre respondió: “Queda aún el menor, que apacienta las ovejas” (v.11b). Isaí mandó a buscarlo. El texto describe al adolescente: “Era rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer” (v. 12a). Entonces el Señor le dijo a Samuel: “Levántate y úngelo, porque éste es” (v. 12b). El Señor examina y prueba los corazones. En cumplimiento de la orden recibida el profeta unge a David  como nuevo rey de Israel en sustitución del desechado Saúl (v. 13). A pesar de que el Espíritu del Señor vino sobre David (v. 13). David no perdió la condición de pecador, pero fue “un varón conforme al corazón  del Señor (1 Samuel 13: 14).

Indiscutiblemente, hoy la elección de personas  para tareas específicas como lo fue en el caso de David no puede repetirse. Disponemos de herramientas para escoger personas de manera más precisas de cómo normalmente se hace. Las apariencias engañan. La toxicidad en las relaciones no se encentra limitada en el ámbito empresarial. Se extiende por todas partes: en el deportivo, escolar, político, familiar, religioso…El ser humano se encuentre dónde se encuentre arrastra consigo la toxicidad de su pecado. Guste o no guste, la toxicidad humana es la consecuencia del pecado que hemos heredado de Adán. Si en verdad estamos interesados en desprendernos de la toxicidad que tanto daño ocasiona no tenemos más remedio que deshacernos del pecado que nos asedia.

El Creador finaliza su obra creativa se sentó debajo de la sombra refrescante de un frondoso árbol y, tal como lo hace un artista para contemplar su obra recién terminada. “Y vio que todo lo que había hecho era bueno en gran manera” (Génesis 1: 31).

Dios instaló a Adán en el jardín de Edén para que lo labrara y lo cuidara (Génesis 2: 18). Todos los frutos del huerto estaban a su libre disposición, “más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas ciertamente morirás” (2: 17). Adán comió y en un abrir y cerrar de ojos, y en un mundo excelentemente bueno apareció la maldad. Nos quejamos mucho de la toxicidad humana porque nos perjudica pero no movemos ni un dedo para descubrir qué la causa. Si nos importa el problema, por narices tenemos que examinar los tres primeros capítulos de Génesis que hablan de nuestros orígenes. De entrada rebaten las tesis evolucionistas que enseñan que el hombre procede de diversas familias de primates que independientemente    las unas de las otras, en el transcurso de millones de años evolucionaron hasta convertirse en homo sapiens. Lo que los evolucionistas no pueden explicar es: Si los primates evolucionaron a homo sapiens en lugares distintos, independientemente los unos de los otros ¿cómo es  que todos sin excepción estemos manchados por la toxicidad del pecado? Cuando el Señor recrimina a Adán y Eva por su desobediencia se sacuden las pulgas acusándose mutuamente: Adán intenta exculparse acusando a Eva: “La mujer que me diste por compañera me dió del árbol, y yo comí” (Génesis 3: 12). Cuando el Creador se dirige a Eva diciéndole: “¿Qué es lo que has hecho?” (v. 13), se sacude las pulgas diciéndole: “La serpiente me engañó, y comí” (v. 13). No reconocer el pecado no convierte en inocente el culpable. Ambos, Adán y Eva no quisieron reconocer su infracción, pero no pudieron evitar las consecuencias de su desobediencia: “Conocieron que estaban desnudos, y entonces cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales” (3: 7). Se escondieron de la presencia de Dios (3: 8). En su misericordia, Dios, simbólicamente, les enseña cómo pueden liberarse de la toxicidad del pecado: “Y el Señor hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, los vistió” (v. 21). Más claro que el agua: “Sin derramamiento de sangre no hay perdón” (Hechos 9: 22). Juan el Bautista señalando a Jesús dijo a la multitud: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1: 29). El proceso de desintoxicación del pecado se inicia en el instante en que uno cree que Jesús es su Salvador.

Octavi Pereña Cortina

diumenge, 11 de maig del 2025

 

MATEO 15: 7-9

“Hipócritas, bien profetizó Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres”

Los discípulos se acercan a Jesús para decirle: “¿Sabes que los fariseos se ofendieron cuando oyeron esta palabra?” (v. 12). Duras son las palabras del profeta que Jesús aplica a los fariseos, la secta religiosa de más renombre en su tiempo. Las reprensiones crecen. No nos gusta que se nos diga cuán equivocados estamos en algún tema determinado. Nos consideramos tan sabios que no queremos ver que en nuestras vidas existen muchas grietas. A la queja de los fariseos que Los discípulos hacen llegar a Jesús,  les responde “Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada. Dejadlos, son ciegos guías de ciegos, y si el ciego guía al ciego, ambos caerán en el hoyo” (vv. 13, 14).

Los fariseos iban sobrecargados de lavamientos rituales que convertían la práctica religiosa en una tortura permanente. Siempre con el ay en el cuerpo pensando en la posibilidad de haber descuidado algún precepto proveniente de sus antepasados convertido en mandamiento de obligado cumplimiento. Jesús viene a decir a sus discípulos que los fariseos debido a su estricta rigidez ceremonial se comportaban como ciegos que guían a ciegos. Ambos caen en el hoyo.

Una exhortación que Jesús nos hace para que no cáiganos en las redes de los fariseos de nuestros días. Prestemos atención a lo que dice Jesús que es el antídoto contra el fanatismo religioso: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre, pero el comer con las manos sin lavar (ritualmente) no contamina al hombre” (vv. 19, 20).

Los hombres nos fijamos mucho en lo externo, lo que puede verse con los ojos, pero el Señor mira el corazón: “Hijo mío, está atento a mis palabras, inclina tu oído a mis razones, no se aparten de tus ojos, guárdalos en medio de tu corazón, porque son vida para los que las hablan, y medicina a tu cuerpo. Sobre toda  cosa guardada, GUARDA TU CORAZÓN, porque de él mana la vida” (Proverbios 4: 20-23).


 

MATEO 23. 26

“Fariseo hipócrita! limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio”

El hecho de que las procesiones de Semana Santa atraigan a multitudes, lo que se considera religiosidad popular, no es sinónimo de auténtica piedad. El hombre mira lo de fuera. Las apariencias engañan. Como Dios mira el corazón no se le puede dar  gato por liebre. Junto con la gran concentración de personas en las procesiones, en el escenario religioso se manifiesta la escasez de sacerdotes. Este declive sacerdotal tendría que motivar a las autoridades religiosas a reflexionar. Creo firmemente que la repulsa que Jesús da a las autoridades religiosas de su tiempo tendría que motivar a las de hoy a hacer una profunda reflexión.

El texto que sirve de base a esta meditación comienza con una dura represión dirigida a los profesionales de la religión, sean del color que sean: “¡Fariseo hipócrita!” Más duro Jesús no pudo serlo con unos religiosos que presumían de seguir a rajatabla las tradiciones de los antiguos. Creían  ser estrictos cumplidores de la Ley. ¿Qué pensaba el pueblo de estos religiosos que externamente pasaban por ser justos?  “La gente  se admiraba de su doctrina” (la enseñanza de Jesús), “porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mateo 7: 28, 29).

El profeta Isaías denuncia: “Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que se les ha enseñado” (Isaías 29: 13). Si  las autoridades religiosas estuviesen verdaderamente preocupadas por la decadencia religiosa del pueblo y por la falta de vocaciones, Jesús nos da la solución al problema: “Limpia primero lo dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio”. Los profesionales de la religión pueden cubrirse con vestimentas adecuadas a lo que representan, pero no pueden engañar al pueblo y, mucho menos a Dios. La falta de vocaciones y las iglesias vacías muestran que el engaño ha sido descubierto.

Los  profesionales de la religión que quedan en activo de tienen la posibilidad de cambiar la tendencia decadente  si hacen lo que Jesús les dice: Limpiando primero  sus corazones con la sangre de Jesús, arrepintiéndose de sus pecados, reconociendo que Jesús es el único Salvador, y andar en novedad de vida. Así es como recuperarán la autoridad perdida y podrán enseñar con el poder que otorga el Espíritu Santo que “Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro Nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4: 11, 12). 

 

MARIA, ¿MEDIADORA?

El misterio de la encarnación del Hijo de Dios  en la persona de Jesús no lo resuelve la razón sino la fe que es don de Dios

“La representación de la escena del calvario en el arte contiene no solo una imagen del Crucificado, sino que nos evoca las palabras que Jesús dijo a su madre antes de morir: “Mujer aquí tienes a tu hijo” y después dirigiéndose a Juan le dijo: “Aquí tienes a tu madre” (Juan 19: 26, 27). Juan nos representa a todos. El Señor nos confía las manos llenas de ternura de la madre. Él quiere que sintamos que María nos sostiene para afrontar y vencer  en nuestro camino humano y cristiano” (Juan José Omella, arzobispo de Barcelona). Si la Biblia no nos proporcionase más información podríamos dar como buena la interpretación que el purpurado hace de las palabras de Jesús. Como la Biblia nos la proporciona no podemos considerar acertada la interpretación que el purpurado hace de María.

El contexto general de la Biblia enseña que un pecador no puede ser mediador con Jesús. El dogma católico que es fruto de la Tradición, enseña la inmaculada concepción de María. La misma María se encarga de refutarla. El ángel que anunció a la doncella de Nazaret que sería fecundada por el Espíritu Santo para ser la madre del Salvador, también  la avisó que Elisabeth su parienta, en su ancianidad, estaba embarazada. Sin perder ni un segundo fue a visitar a su emparentada. Al encontrarse, Elisabeth llena del Espíritu Santo le dijo a María: “¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre del Señor venga a mí.”? (Lucas 1: 43” María le respondió: “Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (vv. 46, 47).

José desposado con María, al tener constancia de que la doncella con la que tenía que casarse estaba embarazada supuso que le había sido infiel. Para no infamarla, José “quiso dejarla secretamente, y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor se le apareció en sueños, y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1: 19-21). María fue la pieza clave del plan de Dios diseñado antes de la creación del mundo. La elegida para tan alta misión, para nuestra enseñanza, exclama: “Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. Una vez nacido Jesús que es el Hijo de Dios encarnado María se comporta como cualquier otra madre que ama a su hijo. Excepto en la concepción, no se notó en ella nada de sobrenatural.

El dogma católico a Jesús por María carece del soporte bíblico. La petición que María le hace a Jesús en la boda de Caná: “No tienen vino” (Juan 2: 3) no puede extrapolarse alegremente, basándose en suposiciones. El dogma “a Jesús por María” tiene consecuencias devastadoras porque afecta directamente  al importantísimo tema de la salvación. En la Biblia no se encuentra ni la más pequeña grieta por la que pueda colarse tan nefasta doctrina. En la plegaria sacerdotal que Jesús dirige a su Padre intercediendo por sus discípulos (Juan 17), no menciona a María como mediadora con Jesús en  la salvación del pueblo de Dios.

“La paga del pecado es la muerte” (Romanos 6: 23). María que conocía al dedillo la causa de su embarazo virginal no le impide declarar: “Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador”. Con esta declaración reconoce que un día, cuando Dios lo disponga morirá como lo hacen todos los pecadores. “Dios enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Romanos 8: 3). Nos encontramos inmersos en el misterio de la salvación de los pecadores. El raciocinio no lo puede intuir. El hombre no puede creerlo de no ser que el Espíritu Santo le otorgue el don de la fe. ¿Cómo puede entrar el justo e las entrañas de una pecadora? Esta pregunta no tiene respuesta si no es que el Espíritu Santo abra los ojos de los ciegos espirituales.

La Iglesia Católica que dogmáticamente se confiesa monoteísta, de hecho, en la práctica, con la multitud de santos, santas, vírgenes, que han alcanzado la santidad gracias a los supuestos milagros que se les atribuyen, de hecho se les considera dioses. Si no fuese así, ¿qué sentido tiene invocarlos para que concedan favores?

El apóstol Pedro considerado por la Iglesia Católica como el primero de una larga lista de papas, se encarga de desmontar el lucrativo negocio que se ha establecido a costillas de tantos pecadores que necesitan invocar a Dios. Se los desvía hacia los falsos dioses que la Tradición ha fabricado. El apóstol Pedro lleno del Espíritu Santo, encontrándose en presencia de las autoridades religiosas, expone: “Sea  notorio a todos vosotros, y a  todo el pueblo de Israel, que en el Nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios le resucitó  de los muertos, por Él este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y  en ningún otro hay salvación, porque no hay otro Nombre bajo el cielo, dado a los hombres en que podamos ser salvos” (Hechos 4: 10-12).

Octavi Pereña Cortina

diumenge, 4 de maig del 2025

 

ISAÍAS 5. 8

“¡Ay de los que juntan casa a casa, y añaden heredad a heredad hasta ocuparlo todo! ¿Habitareis vosotros solos en medio de la tierra?

¡Ay de los que no se conforman con lo que tienen! continuamente necesitan añadir a su bolsa. Las hormigas nos enseñan a ser laboriosos pero no a ser acaparadores. Durante el buen tiempo  trabajan incansablemente almacenando alimentos para consumirlos en invierno.  Son previsoras que es todo lo contrario de lo que denuncia el profeta. El profeta denuncia el espíritu acaparador, que nunca está satisfecho con lo que posee. La codicia rompe el saco. La versión catalana de este refrán dice: Quien todo lo quiere todo lo pierde. La rapacidad, la inclinación al robo, la Biblia la denuncia. El texto que sirve de base a esta meditación es uno de ellos. Lo sensato es: “teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Timoteo 6:1). A continuación el apóstol escribe: “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y con muchas codicias necias y dañosas que hunden a los hombres en destrucción y perdición, porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos se extraviaron  de la fe, y fueron traspasados por muchos dolores” (vv. 9, 10). Las grandes fortunas no se han ganado honradamente. La ilegalidad en sus diversas manifestaciones ha acompañado durante el camino de amasarlas. ¿Merece la pena almacenar tantos bienes si no aporta la felicidad  que se espera de ellos. Además, si hoy vienen a buscar el alma, ¿de quién será lo almacenado?

En cierta ocasión uno de la multitud le dijo a Jesús: “Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia” (Lucas 12:13-21). Esta petición le dio a Jesús la oportunidad de hablar a la multitud de la insensatez de acaparar bienes al narrarles la parábola que se conoce con el nombre “el rico insensato”, que es la personificación de “raíz de todos los males es el amor al dinero”. Jesús dijo a la multitud que se apiñaba a su alrededor: “Mirad, guardaos de toda avaricia, porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de bienes que posee” (v. 15). El rico insensato que no sabe qué hacer con todo lo almacenado, se pregunta: “¿Qué haré porque no tengo donde guardar mis frutos?” Se dijo: “esto haré, derribaré mis graneros, y los construiré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes, y diré a mi alma: alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años, repósate, come, bebe, regocíjate”. Si no existiese Dios ni eternidad, bien podría este rico necio regocijarse, pero se le acercó Dios para decirle: “Esta noche vienen a buscar tu alma, y lo que has almacenado, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” Oh ricos insensatos, podéis tener un entierro de cinco estrellas como lo ha sido el del papa Francisco. ¿Qué será de vosotros cuando empiece la eternidad después de la muerte?


 

ÉXODO 10: 21

“El Señor dijo a Moisés: extiende tu mano hacia el cielo, para que haya tinieblas sobre la tierra de Egipto, tantas que cualquiera las palpe”

La plaga de las tinieblas oscureció por completo Egipto, pero no afectó la zona donde vivían los hebreos, es una muestra de lo que ocurre en nuestros días. El sol que sale cada día alumbra tanto a los justos como a los injustos. En este caso la misericordia de Dios no hace distinción. Pero existe una luz espiritual que es selectiva. Sus rayos no están  a disposición  de todos los hombres. Tenemos que indagar porque la cosa sea así. La investigación es fácil para aquellos que  la gracia de Dios les haya abierto los ojos de la fe. Jesús dijo. “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8: 12).

El sol que sale todos los días y hace su recorrido por sobre toda la Tierra imparte vida a todos sin excepción. Tanto los justos como los injustos se benefician de sus rayos vivificantes. Con la Luz que es Cristo no sucede lo mismo. Dios desea que todos los hombres se arrepientan de sus pecados y crean que Jesús es su Salvador. En la práctica la cosa no sucede así. De manera clarísima sucedió cuando Jesús anduvo por los polvorientos caminos de la Tierra Prometida. Todos sus habitantes fueron testigos de los milagros que hizo a plena luz del día. Todos sin excepción  pudieron verlos. Pero las autoridades religiosas que le odiaban a muerte porque sacaba relucir su hipocresía. Con su influencia y embustes convencían a los testigos que los milagros que Jesús realizaba  los hacía con el poder de Satanás. Cuando Jesús se encontraba ante Pilato, el procurador romano preguntó a sus acusadores que mal había hecho. Tanto los sacerdotes, como los fariseos, como los ancianos vociferaban: crucifícale, crucifícale. Todos ellos fueron testigos de los milagros de Jesús que acreditaban que era el Salvador anunciado desde la antigüedad, pero no creyeron en Él.

A partir de la ascensión  de Jesús al cielo, el mensaje de la cruz se ha esparcido por toda la tierra. Jesús que es la luz del mundo sigue irradiando la luz de la vida. Pocos son, pero, quienes la dejan entrar para que alumbre sus almas. Así será hasta el fin del tiempo.

 

 

¿QUÉ ES ESPERANZA?

Se necesita la plomada de la Escritura para detectar dónde se produce la desviación de la esperanza cristiana

El arzobispo de Urgell Juan-Enrique Vives, en su escrito “Cerca del Papa”, se refiere al mensaje papal titulado: “Caminemos juntos en la esperanza”. El arzobispo escribe: “Recuerda como el tiempo de Cuaresma no deja de ser un peregrinaje anual en la fe y en la esperanza, para que preparemos los corazones y nos abramos a la gracia de Dios, para poder celebrar la Pascua, centro de la fe cristiana y garantía de nuestra esperanza. No podemos  quedarnos en una espera pasiva de Pascua, sino esperar activamente, decididamente, hacia el  bien y mejora de nuestras vidas, que es la conversión”. El clérigo finaliza el escrito con estas palabras. “La esperanza es el áncora del alma, segura y firme”. El corazón del mensaje gira  alrededor de “Caminemos juntos en la esperanza”. Finalizada la lectura del artículo, ¿ha entendido el lector que Pascua sea el centro de la esperanza cristina? Pienso que no. La esperanza cristiana que transmite el arzobispo Juan-Enrique Vives está envuelta de nubes que impiden  ver qué significa realmente.

No quiero repetir el error del purpurado. Intentaré compartir con la máxima claridad posible qué es esperanza cristiana. En principio no es un humanismo. Las religiones son inventos humanos que no aportan verdadera esperanza en sus fieles. La esperanza humana está limitada por los imprevistos. El dicho: “El hombre propone pero Dios dispone”, es una verdad popularmente reconocida que admite los límites de la esperanza humana. Limitémonos al contexto católico. ¿Cuántos fieles de esta confesión religiosa saben con certeza qué hay más allá de la muerte? La mayoría se sale por peteneras. Como la cuestión de la eternidad no es un tema intrascendente, repito, intentaré esclarecerlo de la mejor manera posible.

El dogma católico diviniza al Papa al concederle el don de la infalibilidad, don que es exclusivo de Dios. Encontrándose  el apóstol Pablo en Listra, “un hombre imposibilitado de los pies, cojo de nacimiento, que jamás había andado, oyó hablar a Pablo, el cual, fijando en él sus ojos, y viendo que tenía fe para ser sanado, dijo a gran voz: levántate derecho sobre tus pies. Y el saltó, y anduvo” (Hechos 14: 8-10). ¿Cómo reaccionó la muchedumbre que había contemplado el milagro? “Levantaron la voz, diciendo: Dioses bajo la semejanza de hombres han descendido a nosotros” (v. 11). Cuando Bernabé y Pablo oyeron semejante disparate “rasgaron sus ropas, y se levantaron entre la multitud dando voces diciendo: Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay” (vv.14, 15). Quienes creen en la divinidad papal ponen su esperanza cristiana allí donde no la hay.

¿Qué dice Jesús de sí mismo? “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”. Entonces, Jesús dirigiéndose a Marta con quien conversaba, le pregunta: ¿Crees esto?”  La mujer le responde: “Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (Juan 11: 25-27). ¿Lo cree el lector?

El apóstol Pedro a quien el dogma católico considera el primer papa de una larga lista de ellos, pone los puntos sobe las ies. Dice  su auditorio: “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro Nombre bajo el cielo dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4: 11, 12). El mismo apóstol, en la predicación que pronunció después que Jesús hubiese ascendido al cielo, entre  otras cosas dijo: “Todo el que invoque el Nombre del Señor será salvo” (Hechos 2: 21).

El autor de la carta a los Hebreos que compara el peregrinaje cristiano a una carrera atlética, para que no se desanimen durante la competición, anima a los atletas cristianos con estas palabras: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de Él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a Aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado” (Hebreos 12: 1-4).

Los humanistas cristianos ignoran qué significa ser hijo adoptivo del Padre por la fe en el Nombre de Jesús y hermanos de Él, para animarles en su peregrinaje terrenal, el autor de Hebreos lo hace con estas palabras: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, Él (Jesús) también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte, el que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo” (Hebreos 2: 14).

Cristo es la esperanza cristiana. No hay lugar para ella en otra persona o institución religiosa.

Octavi Pereña Cortina

dissabte, 26 d’abril del 2025

 

SALM 142: 1

“Con mi voz clamé al Señor, con mi voz pediré al Señor misericordia”

El salmista no busca mediadores que se  interpongan entre él y el señor. Rechaza del todo la doctrina: a Jesús por María. Con sus propios labios suplicará misericordia al Único que se la puede conceder: Jesús. No sigue el mal ejemplo que dieron Adán y Eva que al darse cuenta de que iban desnudos se cosieron delantales con hojas de higuera para cubrir la desnudez que les avergonzaba. Al oír los pasos del Señor que se aceraba corrieron a esconderse entre los árboles. No pudieron resistir la llamada del Señor y salieron avergonzados de entre los árboles. El Señor cubrió la desnudez de ellos, que no podían tapar  los delantales que  habían confeccionado con hojas de higuera, es de suponer con las pieles de unos corderos, en señal de “haber lavado sus ropas, y haberlas blanqueado en la sangre del Cordero” (Apocalipsis 7: 14).

Habiéndole lavado el Cordero de Dios su pecado, el salmista no se esconde del Señor. Aunque sigue siendo pecador y reconociendo su  condición para Dios su pecado ya no existe porque Jesús el Cordero de Dios, con su sangre derramada en la cruz elimina el pecado del pueblo de Dios de todos los tiempos.

“Delante de Él”, dice el salmista, “expondré mi queja, delante de Él manifestaré mi angustia. Cuando mi espíritu se angustiaba dentro de mí, tú conociste mi senda” (vv. 2, 3). Ahora que el salmista ha hecho la paz con Dios  ya no se esconde de su presencia. Todo lo contrario, sale a su encuentro sin miedo porque ahora Dios es su amigo: “Tú eres mi esperanza” (v. 3). A pesar de que el salmista es un hombre de Dios y es amigo de Él como lo fue Abraham, su antepasado, sigue siendo un pecador que se encuentra rodeado de pecadores que no le ofrecen refugio y que no se preocupan de él. Entre los hombres se siente abandonado. A pesar de la soledad humana: “dije: tú eres mi esperanza y mi porción en la tierra de los vivientes. Escucha mi clamor, porque estoy muy afligido”  (vv. 5, 6).

Escribo este comentario en la mañana del llamado Viernes Santo. Durante estos días se vive un extremado fervor religioso. El nombre   Jesús se pronuncia hasta la saciedad. Multitudes se aglomeran para contemplar los pasos que muestran a un Jesús muerto. A estas multitudes que se hacinan para ver las procesiones poco les importa qué signifiquen los pasos que se exhiben. Lo que les importa de verdad es la actuación de los actores que acompañan a las imágenes inamovibles y mudas.

Mucha religiosidad durante las procesiones y mucha soledad permanente. Finalizada la Semana Santa. Las imágenes custodiadas en los almacenes y los comparsas regresados a sus ocupaciones habituales. La vida sigue su curso habitual. La soledad existencial sigue viva. El salmista clama. “Escucha mi clamor, porque estoy muy afligido. Líbrame de los que me persiguen, porque son más fuertes que yo”  (vv. 6, 7). Las imágenes mudas, sordas y sin vida no pueden escuchar nuestro clamor. La religiosidad aparente no nos libra de la angustia.


ROMANOS 3: 24

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”

“Dios nos quiere responsables de nuestros actos y de nuestras omisiones culpables. Por esto nos propone que cambiemos, que hagamos penitencia. La Cuaresma dejando que la Iglesia misericordiosa y atenta nos pone ceniza sobre la cabeza, y nos recuerda: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Marcos 1: 15). ¿Nos atreveremos a reconocer que hemos obrado mal e intentaremos cambiar y hacer penitencia?” (Juan Enrique Vives, arzobispo de Urgell).

El título del escrito del prelado del que he extraído el texto citado es. “Hacer penitencia”. ¿Qué significa hacer penitencia? “Es una doble herejía  que después de la expiación hecha por Cristo  nos queda aún a nosotros expiar alguna pena, y que el hombre puede con sus obras satisfacer la justicia divina” (Teófilo Gay).

La penitencia es un invento eclesiástico que pone de manifiesto la maldad humana y que con una contrición de la propia maldad, la confesión auricular a un sacerdote y hacer obras ascéticas, se consigue la paz con Dios. La penitencia eclesiástica pone al pecador en manos  de un sacerdote que supuestamente tiene poder de perdonar pecados. Los fariseos, que pertenecían a la secta religiosa más relevante existente en tiempos de Jesús, acusan al Maestro de blasfemo porque decía que tenía poder de perdonar pecados: “¿Quién es éste que habla blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios? (Lucas 5: 21). Si Jesús fuese un hombre como todos los demás, la acusación de blasfemo hubiese sido correcta. Los fariseos se equivocaron cuando acusaron a Jesús de blasfemo porque siendo Jesús Dios, sí tiene poder de perdonar pecados. Este texto de Lucas tendría que hacer reflexionar a los curas y a los fieles católicos.

El Señor envió al rey David al profeta Natán para amonestarle  por haber tenido en poco la palabra del Señor “haciendo lo malo delante de sus ojos: A Urías heteo lo mataste con la espada de los hijos de Amón, y tomaste por mujer a su mujer” (2 Samuel 12: 9). El profeta  no receta penitencia al rey para conseguir el perdón de Dios. Se arrepintió de sus pecados y se volvió a Dios pidiéndole perdón. Fruto de esta experiencia liberadora, David escribió el Salmo 51 donde detalla qué es el verdadero arrepentimiento: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia…Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado y hecho lo malo delante de tus ojos…He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre…Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Purifícame con hisopo y seré limpio, lávame y seré más blanco que la nieve”. La consecuencia del perdón divino es: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio…Vuélveme el gozo de tu salvación…”

Quienes se aferran a la penitencia como medio para alcanzar el favor de Dios, ¿pueden expresar el gozo intenso que manifiesta David que se acoge al  perdón del Dios misericordioso?