dissabte, 13 d’agost del 2022

 

2 CRÓNICAS 19: 4

“Habitó, pues, Josafat en Jerusalén, pero daba vuelta y salía al pueblo, desde Beerseba hasta el monte de Efraín, y los conducía al Señor el Dios de sus padres”

Josafat, rey de Judá, con las limitaciones propias de un hombre pecador tenía “un corazón dispuesto para buscar a Dios” (v.3). Dado que era el rey y tenía un corazón dispuesto a buscar al Señor que de un extremo del reino al otro “los conducía al Dios de sus padres”. Tampoco debe extrañarnos  que dada la autoridad con que estaba investido pusiese “jueces en todas las ciudades fortificadas de Judá, por todos los lugares” (v.5).

Las autoridades han sido puestas por Dios para que gobiernen en representación de Él y administren justicia en su Nombre. Josafat, consciente de la responsabilidad contraída de ser representante de Dios en Judá, les dice a los hombres elegidos para ser jueces: “Mirad lo que hacéis, porque no juzgáis en lugar de hombre, sino en lugar del  Señor, el cual está con vosotros cuando juzgáis” (v.6). Yo os he elegido para ser jueces, pero en verdad, quien os ha escogido ha sido el Señor.

Ante la gran responsabilidad que recae sobre las personas que tienen que administrar justicia, a los elegidos les recuerda la gran responsabilidad adquirida: “Sea, pues, con vosotros el temor del Señor, mirad lo que hacéis, porque con el Señor nuestro Dios no hay injusticia, ni acepción de personas, ni admisión de cohecho” (v.7).

Josafat siendo más explícito añade: “Procederéis asimismo con temor del Señor y con corazón íntegro. Cualquier causa que viniere a vosotros de vuestros hermanos que habitan en las ciudades, en causas de sangre, entre ley y precepto, estatutos y decretos, les amonestareis que no pequen contra el Señor, para que no venga ira sobre vosotros y sobre vuestros hermanos. Haciendo así no pecaréis” (vv. 9,10).

Hoy la justicia está desacreditada porque quienes visten la toga y se sientan ante la mesa del tribual, como representantes de Dios en la administración de justicia no tienen en cuenta los requisitos que Josafat exigía en los jueces que seleccionaba.

Hoy muchos jueces juzgan en lugar de hombre y se olvidan que lo hacen en lugar de Dios. Pero llegará el día que comparecerán ante el tribunal de Cristo y tendrán que dar cuenta de su labor. El Juez supremo abrirá los libros  y leerá todas las sentencias dictadas por los jueces sin olvidar ni el más mínimo detalle. Ante la exposición de los hechos el terror los enmudecerá.


 

2 CRÓNICAS 34: 19

“Y luego que el rey oyó las palabras de la Ley, rasgó sus vestidos”

Haciendo limpieza del templo y arrojando al fuego toda la suciedad almacenada debido a la negligencia manifestada por sus antecesores en el trono, dan con un ejemplar de la Ley de Dios que se lee al rey Josías. El monarca al oír lo que decía el Libro encontrado “rasgó sus vestidos” en señal de arrepentimiento. El monarca humillado ante el Señor, ordena: “Andad, consultad al Señor por mí y por el remanente de Israel y de Judá acerca de las palabras del Libro que se ha encontrado, porque grande es la ira del Señor que ha caído sobre nosotros porque nuestros padres no guardaron la palabra del Señor, para hacer todo lo que está escrito en este Libro” (v. 21).

La conversión de Josías hizo que emprendiese una reforma religiosa que hizo que en apariencia el pueblo se volviese al Señor. Fallecido Josías subió al trono su hijo Joacim. El texto nos dice: “E hizo lo malo ante los ojos del Señor su Dios” (2 Crónicas 36: 5). Mientras vivió su padre el hijo aparentemente se había vuelto a Dios, pero su corazón seguía atrapado a la idolatría que tanto daño hace. Las reformas religiosas no sirven de nada si no consiguen que los “reformados” verdaderamente lloren y se aflijan por su pecado. Al fallecer Josías el reino públicamente dio la espalda a Dios. El vaso de la maldad colmó. Poco después el reino de Judá fue conquistado por Babilonia  y el templo que era la gloria de Israel, destruido. El juicio de Dios siempre se cumple.

Al descubrirse el Libro de Dios que produjo la conversión de Josías  al Señor, con él, bien seguro que hubo otras personas que se convirtieron al Señor y lloraron sus pecados en señal de arrepentimiento. ¿Cómo se manifiesta una genuina conversión a Dios? Creo que el almo 51 es el mejor referente que describe lo que le ocurre en  una persona genuinamente  convertida a Cristo: “Rasga sus vestidos” en señal de arrepentimiento. Como preámbulo del Salmo, David su autor, hace una sentida  confesión de pecado: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia, conforme a la multitud de tus piedades, borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame mi pecado” (vv. 1, 2). En muchos que se consideran cristianos no se dan confesiones de pecado como lo hace el salmista. Otros motivos pueden llevar a decir que Jesús es el Señor, pero si los corazones de tales personas no han sido lavados por la sangre de Jesús, tales personas no son cristianas.

Quienes confiesan de labios que Jesús es el Señor, tened cuidado, no sea que al abrir los ojos en la eternidad en vez encontraros en el Paraíso con Jesús, los abráis en el infierno. Será demasiado tarde para rectificar. Hoy puede ser el día de vuestra salvación. No permitáis que pase de largo.

 

 

 

2 CRÓNICAS 19: 4

“Habitó, pues, Josafat en Jerusalén, pero daba vuelta y salía al pueblo, desde Beerseba hasta el monte de Efraín, y los conducía al Señor el Dios de sus padres”

Josafat, rey de Judá, con las limitaciones propias de un hombre pecador tenía “un corazón dispuesto para buscar a Dios” (v.3). Dado que era el rey y tenía un corazón dispuesto a buscar al Señor que de un extremo del reino al otro “los conducía al Dios de sus padres”. Tampoco debe extrañarnos  que dada la autoridad con que estaba investido pusiese “jueces en todas las ciudades fortificadas de Judá, por todos los lugares” (v.5).

Las autoridades han sido puestas por Dios para que gobiernen en representación de Él y administren justicia en su Nombre. Josafat, consciente de la responsabilidad contraída de ser representante de Dios en Judá, les dice a los hombres elegidos para ser jueces: “Mirad lo que hacéis, porque no juzgáis en lugar de hombre, sino en lugar del  Señor, el cual está con vosotros cuando juzgáis” (v.6). Yo os he elegido para ser jueces, pero en verdad, quien os ha escogido ha sido el Señor.

Ante la gran responsabilidad que recae sobre las personas que tienen que administrar justicia, a los elegidos les recuerda la gran responsabilidad adquirida: “Sea, pues, con vosotros el temor del Señor, mirad lo que hacéis, porque con el Señor nuestro Dios no hay injusticia, ni acepción de personas, ni admisión de cohecho” (v.7).

Josafat siendo más explícito añade: “Procederéis asimismo con temor del Señor y con corazón íntegro. Cualquier causa que viniere a vosotros de vuestros hermanos que habitan en las ciudades, en causas de sangre, entre ley y precepto, estatutos y decretos, les amonestareis que no pequen contra el Señor, para que no venga ira sobre vosotros y sobre vuestros hermanos. Haciendo así no pecaréis” (vv. 9,10).

Hoy la justicia está desacreditada porque quienes visten la toga y se sientan ante la mesa del tribual, como representantes de Dios en la administración de justicia no tienen en cuenta los requisitos que Josafat exigía en los jueces que seleccionaba.

Hoy muchos jueces juzgan en lugar de hombre y se olvidan que lo hacen en lugar de Dios. Pero llegará el día que comparecerán ante el tribunal de Cristo y tendrán que dar cuenta de su labor. El Juez supremo abrirá los libros  y leerá todas las sentencias dictadas por los jueces sin olvidar ni el más mínimo detalle. Ante la exposición de los hechos el terror los enmudecerá.


 

2 CRÓNICAS 34: 19

“Y luego que el rey oyó las palabras de la Ley, rasgó sus vestidos”

Haciendo limpieza del templo y arrojando al fuego toda la suciedad almacenada debido a la negligencia manifestada por sus antecesores en el trono, dan con un ejemplar de la Ley de Dios que se lee al rey Josías. El monarca al oír lo que decía el Libro encontrado “rasgó sus vestidos” en señal de arrepentimiento. El monarca humillado ante el Señor, ordena: “Andad, consultad al Señor por mí y por el remanente de Israel y de Judá acerca de las palabras del Libro que se ha encontrado, porque grande es la ira del Señor que ha caído sobre nosotros porque nuestros padres no guardaron la palabra del Señor, para hacer todo lo que está escrito en este Libro” (v. 21).

La conversión de Josías hizo que emprendiese una reforma religiosa que hizo que en apariencia el pueblo se volviese al Señor. Fallecido Josías subió al trono su hijo Joacim. El texto nos dice: “E hizo lo malo ante los ojos del Señor su Dios” (2 Crónicas 36: 5). Mientras vivió su padre el hijo aparentemente se había vuelto a Dios, pero su corazón seguía atrapado a la idolatría que tanto daño hace. Las reformas religiosas no sirven de nada si no consiguen que los “reformados” verdaderamente lloren y se aflijan por su pecado. Al fallecer Josías el reino públicamente dio la espalda a Dios. El vaso de la maldad colmó. Poco después el reino de Judá fue conquistado por Babilonia  y el templo que era la gloria de Israel, destruido. El juicio de Dios siempre se cumple.

Al descubrirse el Libro de Dios que produjo la conversión de Josías  al Señor, con él, bien seguro que hubo otras personas que se convirtieron al Señor y lloraron sus pecados en señal de arrepentimiento. ¿Cómo se manifiesta una genuina conversión a Dios? Creo que el almo 51 es el mejor referente que describe lo que le ocurre en  una persona genuinamente  convertida a Cristo: “Rasga sus vestidos” en señal de arrepentimiento. Como preámbulo del Salmo, David su autor, hace una sentida  confesión de pecado: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia, conforme a la multitud de tus piedades, borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame mi pecado” (vv. 1, 2). En muchos que se consideran cristianos no se dan confesiones de pecado como lo hace el salmista. Otros motivos pueden llevar a decir que Jesús es el Señor, pero si los corazones de tales personas no han sido lavados por la sangre de Jesús, tales personas no son cristianas.

Quienes confiesan de labios que Jesús es el Señor, tened cuidado, no sea que al abrir los ojos en la eternidad en vez encontraros en el Paraíso con Jesús, los abráis en el infierno. Será demasiado tarde para rectificar. Hoy puede ser el día de vuestra salvación. No permitáis que pase de largo.

 

 

dissabte, 6 d’agost del 2022

 

EL GRAN MANDAMIENTO

<b>El legalismo endurece los corazones y hace que los gobernantes sean insensibles a las necesidades del pueblo</b>

<b>Nemrod Carrasco</b>, profesor de Filosofía, en la entrevista que le hace Víctor-M. Amela dice algo chocante por la manera de decirlo, pero muy interesante: “Filosofar es tener huevos. Filosofar es empipar. Filosofar es preguntarte, es cuestionarte la realidad. Filosofar es distanciarte de tus propias creencias, descreer. Todo lo que está establecido y es incuestionable. No respetar ninguna opinión. Dinamitar todas las opiniones. Atacar a las opiniones no es atacar a las personas. Yo no soy mis opiniones. No tengamos la piel tan fina: ninguna opinión debería ir a misa. ¡Ataquémoslas todas!”

La filosofía no es algo que aparece por generación espontánea a la cual puedan adherirse todas las personas. Por ser los hombres de creación divina tenemos capacidad de razonar, de ser filósofos, de ser sabios. El apóstol Pablo a los que se creían ser sabios, filósofos, los zarandea, diciéndoles: “Nadie se engañe a sí mismo, si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, parta que llegue a sr sabio. Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios, pues está escrito: Él prende a los sabios en la astucia d ellos. Y otra vez: El Señor conoce los pensamientos de los sabios que son vanos” (1 Corintios 3:18-20). El apóstol menciona  dos tipos de sabiduría: la que es de este mundo y la que no lo es. Nos enseña a abandonar la primera para dejar la necedad y ser verdaderamente sabios.

La Biblia nos enseña que antes de la creación del hombre Dios creó a los ángeles, algunos de los cuales acaudillados por Lucifer se rebelaron contra su Creador, convirtiéndose el líder en Satanàs y  sus seguidores en diablos. A su vez Satanás se ha convertido en el “dios de este siglo”. La mayoría de los habitantes de la Tierra tienen como padre espiritual al diablo y, como Jesús dice: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira de suyo habla, porque es mentiroso y padre de mentira” (Juan 8:44). El origen de la sabiduría de este mundo de la que nos habla el apóstol Pablo, es satánica. Ahora que tanto se habla de la posverdad, para eludir la palabra mentira, sabemos que el comportamiento humano no es accidental, la filiación diabólica es su origen.

Filosofar según <b>Nemrod Carrasco</b> es: “Tocar los huevos, hacerse preguntas, cuestionar la realidad, distanciarte de tus propias creencias, descreer”, es decir, ser crítico con lo que ocurre. El origen de la sabiduría que permite conocer la causa por la que el mundo no funciona bien es: “ El principio de la sabiduría es el temor del Señor, pero los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza” (Proverbios 1:7). La sabiduría divina de que son portadores quienes creen en Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, no gusta a los poderes políticos y económicos de este mundo que son dirigidos por su padre espiritual que es Satanás.

Los poderes de este mundo esgrimen con suma celeridad la expresión: “·incitación al odio. Fleeming Rose, escribe: “La legislación europea contra la incitación al odio está legitimada por el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de Naciones Unidas, adoptado el 1966. No obstante, poca gente sabe que las democracias liberales como Suecia, Noruega y Reino Unido votaron en contra del artículo que instaba a penalizar la instigación al odio. El artículo fue una iniciativa del bloque soviético. <b>Eleonor Roosevelt</b> que presidia la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, advirtió que podría ser utilizado por cualquier dictador para cerrar la boca a las voces críticas…Un problema crucial de las leyes contra la incitación al odio es que no existe una definición clara de la misma. Esto deja un margen a los poderes a utilizar la ley para reprimir las opiniones que no sean de su agrado. El 2015 la  comisaria europea de Justicia <b>Vera Jourova</b> declaró: “Si la libertad de expresión es una de las piedras angulares de una sociedad democrática, la incitación al odio es una flagrante violación de esta libertad. Se debe castigar severamente”. Un enfoque peligroso de la libertad de expresión sobre todo si no existe consenso sobre el concepto incitación al odio. De hecho, el derecho a ofender es parte de la libertad de expresión. Nadie no tiene derecho a no ser ofendido. La libertad de expresión incluye el derecho de decir a la gente lo que no le gusta, como dijo una vez George Orwell”.

Percibimos que se degrada el concepto democracia. Que las diferencias políticas tengan que dirimirse en el constitucional y en los tribunales. Las leyes son para ser obedecidas de acuerdo, pero en el momento en que dejan de contribuir a la paz y a la concordia de los ciudadanos porque la sociedad ha experimentado un cambio profundo desde el momento que se legislaron, el sentido común advierte que deben cambiarse por otras que se ajusten a la realidad vigente. Cuesta ser sensible a la necesidad de cambiar las leyes. Cuesta por una sencilla razón: se considera a los afectados por las leyes como súbditos a los que se les debe restringir el derecho a ser diferentes y que no se merecen ser tratados como personas poseedoras de una identidad que les ha dotado el Creador. “La justicia engrandece a la nación, mas el pecado es la afrenta de las naciones” (Proverbios 14:34). Cuando existen tantas leyes injustas que ocasionan incontables afrentas a los ciudadanos es una evidencia de que a pesar de que los legisladores y los gobiernos presuman de ser cristianos, de hecho, a conciencia ignoran el Gran Mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10: 27). Cuando la grandeza de un país se encuentra en el cumplimiento estricto de las leyes humanas y se utilizan los poderes del Estado para aplicar la ley del embudo, debe cuestionarse la grandeza de tal Nación. En el año 2017 se celebró el Quinto Centenario de la Reforma iniciada por Martín Lutero. El lema de la Reforma es. “La Iglesia siempre reformándose”. La piedra angular de la reforma permanente de la Iglesia se encuentra en la obediencia a la autoridad suprema de la Biblia. No existe el Estado perfecto. Al igual que la Iglesia, el Estado debe encontrase en un estado permanente de reforma para conseguir que la justicia que engrandece a la Nación no sea una palabra vacía de contenido.

Octavi Pereña i Cortina

 

2 CRÓNICAS 6: 26, 27

“Si los cielos se cierran y no haya lluvia por haber pecado contra ti, si oran a ti hacia este lugar, y confiesan tu Nombre, y se convierten de sus pecados, cuando los aflijas, tú los oirás en los cielos…”

El texto que comentamos forma parte de la oración que pronunció el rey Salomón durante la ceremonia de la dedicación del templo en Jerusalén. En aquel momento la gloria de Israel se encontraba en su zenit. La oración deja entrever que la gloria de Israel no sería eterna. Conservarla dependía de la respuesta que daría el pueblo a la autoridad de la Ley de Dios.

Salomón dice: “Si los cielos se cierran y no hay lluvia por haber pecado contra ti”. Estamos atravesando una grave crisis climática. Los elementos están revueltos. La desertización avanza y la deforestación prosigue. El cielo ha cerrado el grifo. Los incendios forestales se incrementan. Ante tantas calamidades que nos vienen a la vez nos preguntamos quien es el responsable. La respuesta que damos es que no hemos hecho bien las cosas y que con nuestro consumo desmesurado esquilmamos el planeta. En parte tienen razón quienes piensan de esta manera. La pregunta que tenemos que hacernos es: ¿Por qué los hombres no hacemos las cosas bien? Salomón responde la pregunta: “Por haber pecado contra ti”. La oración de Salomón deja la puerta abierta a que Dios escuche las plegarias de quienes arrepentidos se vuelven a Él. Orar con la mirada dirigida hacia Jerusalén es cosa del pasado. Jesús lo deja bien claro en la conversación que mantiene con la samaritana. La mujer le dice: “Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar” .Jesús le dice: “Mujer créeme, que la hora viene cundo ni es este monte  ni en Jerusalén adoraréis al Padre…Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu, y los que le adoran en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4: 20-24).

Sea cual sea el lugar en que se encuentre el lector es territorio idóneo para elevar una plegaria al Padre de nuestro Señor Jesucristo para pedirle perdón de tus pecados. En Jesús tienes la línea abierta para comunicarte con quien tiene el poder de abrir o cerrar el grifo de las bendiciones divinas. Dada la incredulidad actual es muy posible que la bendición colectiva no se produzca. Pero tu corazón marchito por el pecado se convertirá en una fuente de agua viva que fluye para vida eterna si en verdad te arrepientes.


 

CRÓNICAS 15: 3, 4

“Muchos días ha estado Israel sin verdadero Dios y sin sacerdote que enseñara, y sin Ley, pero cuando en su tribulación se convirtieron al Señor Dios de Israel y le buscaron, Él fue hallado por ellos”

No debe confundirse espiritualidad con religiosidad. Israel fue muy religioso pero nada espiritual. Además del templo en Jerusalén dedicado al Dios único y verdadero le hicieron oprobio con los numerosos  altares dedicados a los dioses de los pueblos vecinos.

El texto que constituye la base de la presente meditación va precedido por el siguiente: “Vino el Espíritu de Dios sobre Azarías hijo de Obed, y salió al encuentro de Asa (el rey), y le dijo: Oídme Asa y todo Judá y Benjamín: el Señor estará con nosotros, si vosotros estáis con Él, y si le buscáis, será hallado de vosotros, mas si le dejáis, Él también os dejará”  (vv. 1, 2).

Las palabras del profeta Azarías fueron un estímulo para el rey Asa que emprendió una reforma religiosa que fue de gran bendición para Judá y Benjamín. Ello no quita que nos centremos en el texto que motiva la presente reflexión. En nuestro entorno religioso se oye con demasiada frecuencia  que el barómetro que detecta la espiritualidad del pueblo está en el número de personas que asisten en las celebraciones religiosas populares: La asistencia misa en las fiestas mayores, las multitudes que presencian las procesiones de Semana Santa…Si se escarba un poco en lo que es la fe popular pronto se descubre que estas multitudes fervorosas nada saben del verdadero Dios. La causa de tanta ignorancia se debe a que no hay sacerdote que enseñe la Ley de Dios.

Ser religioso sin conocer al Dios verdadero tiene sus consecuencias. En primer lugar estas multitudes fervorosas que practican la piedad popular se comportan como ovejas que no tienen pastor. Cada una de ellas campa como mejor le parece. Si no hay sacerdote que instruya a las ovejas en la Ley de Dios es lógico que debido a que les falta la luz de Dios que se revela en Jesús que es la luz del mundo, vayan extraviadas. Los practicantes de la piedad popular, sea cual sea su posición social se caracterizan por la inmoralidad. Estas masas que practican la piedad popular no contribuyen en nada en hacer un mundo mejor. Todo lo contrario cada uno de ellos aporta su granito de arena para que el mundo vaya de mal a peor.

Si el Señor levanta Azarías  que predican fielmente la Palabra de Dios, anunciando un mensaje de arrepentimiento para perdón de los pecados por la fe en el Nombre de Jesús se puede producir un avivamiento religioso que cambie el comportamiento de quienes practica la piedad popular. Si no da lugar al arrepentimiento, los lugares en donde se celebren actos de piedad popular pueden estar llenos de personas, pero Jesús es el gran ausente.

 

diumenge, 31 de juliol del 2022

 

1 CRONICAS 13: 9

“Pero cuando llegaron a la era de Quirón, Uza extendió su mano al arca para sostenerla, porque los bueyes tropezaron”

Muy loable fue el propósito de David de llevar el arca a Jerusalén pero cometió el mismo error que Josué con los gabaonitas: “No consultó al Señor”  (Josué 9: 14). Si hubiese consultado al Señor como lo hizo después de la desafortunada muerte  de Uza que cogió con la mano el arca que estuvo a punto de caerse debido a que el buey que arrastraba el carro tropezó, habría sabido que “el arca de Dios no debe ser llevada sino por los levitas, porque a ellos eligió el Señor para que lleven el arca del Señor” (1 Crónicas 15. 2).

La multitud que acompañaba al carro que transportaba inadecuadamente el arca “se regocijaban delante de Dios con todas sus fuerzas, con cánticos, arpas, salterios, tamboriles, címbalos y trompetas” (1 Crónicas 13. 8). A pesar de que el traslado del arca no se hacía correctamente lo hacían con gran gozo ante el Señor. Lo que está mal hecho mal hecho está a pesar que parezca todo lo contrario. El gozo acabó en llanto porque el Señor fulminó a Uza, a pesar de su buena intención porque se atrevió tocar el arca que no le estaba permitido hacerlo.

Este acontecimiento ha quedado registrado en las páginas de la Biblia para instrucción nuestra. Aun cuando en el Nuevo Testamento no dé instrucciones tan detalladas con respecto al ceremonial como lo hace el Antiguo Testamento, enseña la sencillez que deben caracterizar los cutos evangélicos. Fuera de la sencillez no se dan instrucciones  de cómo deben realizarse los cultos, cómo tiene que celebrase la Cena del Señor que es el recordatorio de la muerte de Jesús para perdón de los pecados del pueblo de Dios. El apóstol Pablo detalla la ceremonia en 1 Corintios 11: 23-26. La iglesia local reunida, todos sus miembros como pecadores ante el Señor, participan de los elementos pan y vino que simbolizan el cuerpo y la sangre de Jesús. Todas las veces que la iglesia celebra esta ceremonia  anuncia la muerte del Señor hasta que Él venga” (v. 26).

Se supone que las iglesias apostólicas utilizaban pan y  vino común. Pero  tenían que estar presentes ambos elementos. En el transcurso de los siglos y a medida que la Biblia iba perdiendo autoridad por la invasión de las tradiciones, la Cena del Señor también se ha visto afectada por esta invasión de doctrinas extra bíblicas. Para los laicos, de los dos elementos solo uno: el pan, que por el poder que la Iglesia otorga el sacerdote lo convierte en el cuerpo de Cristo, hecho que lo convierte en un ídolo al que se venera. Los cambios pueden parecer beneficiosos, pero lo que no está de acuerdo con la voluntad del Señor siempre es perjudicial para el transgresor. La muerte de Uza es un aviso.


 

1 CRÓNICAS 28: 9

“Y tú Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario, porque el Señor escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos. Si tú lo buscas, lo encontrarás, pero si lo dejas Él te desechará para siempre”

Podríamos considerar estas palabras que el Rey David dirige a su hijo Salomón como su testamento espiritual. David no fue un padre perfecto. La Biblia reconoce sus pecados. Ante las limitaciones que le imponen su condición de pecador David fue un hombre que anduvo en los caminos del Señor. Movido por el amor que el padre siente por el hijo, quedan registradas estas palabras que merecen no solamente ser leídas, también reflexionadas por todos, especialmente por los padres para que dejen a sus hijos una herencia mucho más valiosa que los bienes materiales.

Puede ser posible que si el lector es un padre no creyente puede hacerse creyente con la lectura de este comentario y así empezar la andadura por el desierto hacia el Reino de Dios. El padre convertido a Jesús por la fe en su Nombre, podrá hacerse suyas las palabras que el anciano monarca dirige a su hijo: “hijo mío, reconoce al Dios de tu padre y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario”. Dios no acepta el servicio forzado. Hacen muy mal los padres que enseñan a sus hijos a tener miedo de Dios en vez de amarle.

¿Por qué el rey David le pide a su hijo que le sirva con ánimo voluntario? Sencillamente “porque el Señor escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos”. El apóstol Pablo escribiendo a su discípulo Timoteo le dice: “Huye, también de las pasiones juveniles” (2 Timoteo 2: 22). Los jóvenes se mal encaminan porque  creen que lo que hacen a escondidas nadie les va a ver.  David le dice a su hijo que no se deje seducir por los cánticos de sirenas que inducen a hacer el mal “porque el Señor escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos” ¡Cuán distinto no sería el comportamiento de los jóvenes si tuviesen en cuenta a Dios que conoce sus más íntimos pensamientos!

El padre deja al hijo en una encrucijada y tiene que tomar una decisión: “Si tú lo buscas, lo encontrarás, pero si lo dejas Él te desechará para siempre”. Nada de imposiciones. Libre albedrío. Libremente decide. No olvides que las decisiones tienen sus consecuencias: “Si tú lo buscas, lo encontrarás, pero si lo dejas Él te desechará para siempre”. En tus manos hijo mío está el camino de la vida y de la muerte. Tú decides. Por lo que más quieras: decide bien. Hoy puedes hacerlo. Mañana tal vez no podrás.

 

 

 

MIEDO AL MAÑANA  

<b>El miedo nos predispone a ver las cosas peor de lo que son</b>

<b>Ima Sanchís</b> resume con estas palabras la entrevista que le hizo a <b>Laurent de Sutter</b>, ensayista que analiza el uso de la química para funcionar mejor en la vida: “En el último” (ensayo) “reflexiona sobre el cómo y el por qué nos hemos convertido en una sociedad que no puede funcionar sin la ayuda de sustancias químicas: Somníferos, analgésicos, antidepresivos, marihuana y cocaína son nuestro pan de cada día y no lo abordamos como el síntoma de sociedad enferma que pone en evidencia porque a esta sociedad capitalista ya le va bien”.

La periodista le pregunta al ensayista: “¿Ya no podemos funcionar sin la ayuda de sustancias químicas?” La respuesta que le llega “Esto parece, nuestras vidas son como farmacias. Tomamos pastillas para ponernos en marcha, para dormir, para estar contentos, para salir de fiesta”. La entrevistadora le pregunta: ¿Una sociedad narcotizada?” “Totalmente”, responde en ensayista, “somos una sociedad apática y sedada diseñada para producir a un ritmo alto y obedecer al orden establecido”. “¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”, pregunta Ima. “Detrás de estas drogas se afirma una visión del mundo”. “Explíquemelo”, le dice la redactora. “Cuando ingerimos antidepresivos o somníferos”, dice de Sutter, “lo hacemos para funcionar mejor ya que existe una presión para que funcionemos mejor y que se basa en aquello que consideramos que tiene que ser el ser humano en el concepto del capitalismo contemporáneo”. “Cuando esnifas cocaína”, dice <b>Laurent</b>, “hablas mucho, estás nervioso, muy seguro de ti mismo, inaguantable…pero no pasa nada es un viaje narcisista que no impide ir al tajo al día siguiente fresco como una ros. No es una casualidad que haya sido la droga preferida de los brokers de Wall Street en los años veinte, es la droga de la eficacia, de rentabilidad y de orden para que nuestras vidas sean cuanto más productivas mejor”.

Pienso que el analista que estudia el uso de la química para funcionar en la vida pierde de vista la condición humana. Cierto que los altos mandos militares dopan a los soldados para que pasen días y días sin dormir y sin sentir cansancio. Pero discrepo del ensayista que culpa al capitalismo de habernos introducido a “la era de la anestesia”. El ser humano sin el Padre de nuestro Señor Jesucristo está saturado de miedos.

El miedo no existía antes de la Caída.  Apareció después de que Adán  hubiese comido el fruto del árbol prohibido. Se presentó de súbito, no de manera paulatina. Después de la desobediencia, Adán y Eva se escondían entre los árboles del jardín cuando escuchaban los pasos de Dios que se acercaban para hablar con ellos.  (Génesis 3. 8). Como muy bien dice <b>H. P. Lovecraft</b>, escritor de novelas de terror: “El miedo es la emoción más antigua y más fuerte de la humanidad”. El miedo es el verdadero culpable de que se haya instaurado “la era de la anestesia”. Deseamos huir del miedo sedándonos. Ello nos lleva a huir de la llamas para caer en las ascuas. Las drogas, sean legales o ilegales han creado un grave problema sanitario al atacar las consecuencias pero no la causa del miedo.

Si el miedo se presentó en el ser humano por haber abandonado a Dios, lo lógico es que para hacerlo desaparecer se tenga que volver  Él. Esto es precisamente lo que hace el salmista: “Busqué al Señor, y Él me oyó. Y me libró de todos mis temores. Los que miraron a Él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados. Este pobre clamó, y le oyó el Señor, y lo libró de todas sus angustias. El Ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen, y los defiende. Gustad y ved que es bueno el Señor, dichoso el hombre que confía en Él” (Salmo 34: 4-8).

Las palabras que Jesús dijo a los jerosolimitanos, perfectamente se pueden aplicar en nosotros: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la clueca junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mateo 23: 37). Jesús, con dulce ternura suplica a sus enemigos que se vuelvan a Él para que pueda cobijarlos debajo de sus alas como la clueca lo hace con sus polluelos. La respuesta al amor de Dios fue: “No queremos”.

Jesús no procede como lo ha hecho la Iglesia Católica durante los siglos que tenía a los poderes temporales agarrados en su puño. Durante este período perseguía a muerte a quienes consideraba herejes y a los paganos mediante la Inquisición y el poder secular. A los primeros para obligarles a volver al redil del que se habían ido. A los segundos para forzar su conversión.

La respuesta que Jesús dio a los jerosolimitanos por  querer volver a Él fue: “He aquí vuestra casa es dejada desierta” (v. 38). Jesús con la misma ternura que emplea pidiendo al pueblo rebelde que se vuelva a Él, lo hace con nosotros. Si nuestra respuesta es no querer volver a Él, el miedo no nos abandonará. Nos perseguirá durante todos nuestros día. A pesar de los avisos de las autoridades sanitarias que nos alertan de los peligros de la sedación colectiva, la gente seguirá consumiendo la química que agrava su malestar.

Octavi Pereña i Cortina

 

diumenge, 24 de juliol del 2022

 

1 REYES 19: 4

Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro, y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Señor, quítame la vida, pues no soy mejor que mis padres”

Previamente en la cima del monte Carmelo se había producido una manifestación de que Dios está por encima de los falsos dioses y efectuada una limpieza de sacerdotes adoradores de Baal. Por decisión divina Elías condujo a los sacerdotes de Baal “al arroyo de Cisón y allí los degolló”. Nuestros caminos no son los caminos del Señor. Sus pensamientos son más altos que nuestros pensamientos y no los podemos entender. En vez de discutir y enfrentarnos a la voluntad de Dios permitamos que su voluntad se haga sin estridencias. Nuestra salud mental lo requiere.

Después de tres años de sequía el Señor le dice a Elías que se presente ante el rey Acab para decirle: “Yo haré llover sobre la faz de la tierra” (18: 1). Este texto nos dice que la sequía no se debe a un malbaratamiento de la tierra por parte del hombre sino un castigo de Dios por el pecado del ser humano. Y así sucedió. Los designios de Dios no gustan al hombre y nos resistimos a ellos. Acab contó a su esposa lo que  Elías había hecho con los sacerdotes de Baal, lo cual provocó la ira de la reina y dijo: “Si mañana a estas horas yo no he puesto a tu persona como la de una de ellos” (19: 2).

El hombre que se había enfrentado a cuatrocientos cincuenta sacerdotes de Baal y al rey Acab porque se había fortalecido en el Señor al obedecer sus instrucciones, la amenaza de una mujer le hizo apartar la mirada del Señor para depositarla en sí mismo que es carne mortal. Su debilidad le impulsó a desear morir. Huyó amedrentado para no caer en las manos de la impía Jezabel. Encontramos al victorioso profeta sentado “debajo de un enebro, y deseando morirse”. Todavía no le ha llegado al profeta la hora de tener que abandonar este mundo. Durmiendo plácidamente debajo del enebro un ángel del Señor se le acercó para decirle: “Levántate, come porque largo camino te queda” (1 Reyes 19: 7). El profeta sigue miedoso, pero el Señor le dice: “Ve, vuelve por tu camino por el desierto…y unge a Eliseo para que sea profeta en tu lugar” (1 Reyes 19. 16).

No es el hombre quien decide su destino. A cada persona Dios le ha encargado una tarea a realizar. Elías desea morir y dejar este mundo como todas personas lo hacen, pero Dios le reserva a Elías dejar este mundo de manera  inusual. Abandonó esta tierra sin pasar por la muerte. El Señor se lo llevó en un torbellino. Es el Señor quien dirige nuestros pasos. No somos nosotros quienes decidimos la hora de nuestro deceso. Distinguiéndonos de quienes en situaciones difíciles se quitan la vida  porque no pueden soportar sus angustias, preguntémosle al Señor: ¿Qué quieres Señor que haga?  Si se tiene en cuenta al dador de la vida en las vicisitudes que todos tenemos que sobrellevar, un horizonte de perspectivas maravillosas se abrirá antes nuestros ojos que dará sentido a nuestra vida y con ello la felicidad.


 

1 REYES 18: 17

“Cuando Acab vio a Elías, le dijo: ¿Eres tú el que turbas a Israel?

Una larga sequía había diezmado a Israel. Hoy se la consideraría una cuestión ecológica y que se tiene que hacer algo para evitar la destrucción del planeta. El profeta Elías hablando en Nombre de Dios, dice. “Vive el Señor Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra” (1 Reyes 17: 1). Anuncia una fuerte sequedad. Cuando se acerca el final de la aridez anunciada por el profeta, el Señor le dice a su sirvo: “Ve, preséntate a Acab, y yo haré llover sobre la faz de la tierra” (18:1). Cuando el profeta y el rey se encuentran cara a cara, el monarca en vez de sentirse humillado, le grita al profeta: “¿Eres tú el que turbas a Israel?”

Se puede considerar el relato bíblico de la calamidad que padeció Israel durante tres largos años como un hecho histórico más que queda registrado en los anales de la historia sin más sentido que ser un relato más de sequias. Ser tema de especulaciones para los historiadores del futuro.

La calamidad que da motivo a esta reflexión ha quedado registrada en las páginas de la Biblia para que sepamos el verdadero origen de las sequedades que nos trastornan. Si la sequía a que nos referimos no estuviese registrada en la Biblia, al presentarse una sequía de tres años de duración sería motivo de debate buscando las causas de su aparición como ocurre en nuestros días con el aumento de la temperatura. Se culpa al hombre de la envergadura que ha tomado el problema ecológico que es de alcance universal. En parte tienen razón quienes así lo consideran. Esta postura solamente tiene en cuenta la epidermis del problema. Se tiene que cavar más hondo para llegar al fondo de la cuestión. El rey Acab acusando al profeta de ser el causante de la sequía que arruinaba a Israel  intenta quitase las pulgas de encima. La respuesta que Elías da al monarca sitúa la causa de la sequía en el lugar correcto: “Yo no he turbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos del Señor, y siguiendo a los baales” (v.18).

Sí, es cierto, en parte somos responsables de la tragedia ecológica que nos cae encima: El crecimiento insostenible de la economía junto con el consumo inadmisible contribuye a ello. La médula del problema se encuentra es que todos sin excepción hemos abandonado a Dios para adorar a falsos dioses: dinero, sexo, protagonismo…Habiendo abandonado a Dios y supliendo el vacío que ha dejado con el materialismo desenfrenado que caracteriza nuestro tiempo es la causa de que Dios se haya visto obligado a reprendernos para que reaccionemos antes de que sea demasiado tarde. Me temo que el regreso a Dios colectivamente no se va a producir nunca. No estamos dispuestos  a dar el brazo a torcer. Si yo tengo que fastidiarme que se fastidien todos.