SALMO 81: 7
“En
la calamidad clamaste y yo te libré”
La relación del hombre con Dios no es una
conversación entre sordos. En la calamidad el salmista clama a Dios y Éste
certifica que escuchó el clamor del salmista cuando dice: “Yo lo libré”. Dios habla al salmista con la sinceridad de un padre
que habla con su hijo al ver que éste se relaciona con amigachos cuya amistad
no le traerá nada bueno. “Oye pueblo mío
y te amonestaré. Israel si me oyeses” (v. 8).
Dios que sacó al pueblo de Israel de la
esclavitud en Egipto con brazo fuerte no lo trata como si fuese una masa amorfa
de personas. Considera a Israel como algo tan íntimo como un padre que sufre
por su hijo al ver que sus amigachos lo llevan por caminos de perdición. ¿Qué
ve el Padre en Israel para que piense que va mal encaminado? Ve en él una
tendencia a la idolatría. La idolatría cristiana, el magisterio de la Iglesia
la presenta como algo legítimo que merece preservarse. El mandamiento de la Ley de Dios es tan claro
como un día sin nubes y el sol brillando con todo su esplendor. ¿Qué nos dice
el mandamiento respecto a la idolatría? “No
te harás ninguna semejanza de lo que está arriba en el cielo…no te inclinarás a
ellas, ni las honrarás” (Éxodo 20: 4, 5). “Oye pueblo mío y yo te amonestaré, Israel si me oyeses, no habrá en ti
Dios ajeno, ni te inclinarás a dios extraño. Yo soy el Señor tu Dios, que te
hice salir de la tierra de Egipto” (vv. 8-10).
Tal vez me dirás que no te inclinas en
adoración ante imágenes cinceladas por manos expertas de artesanos. El
mandamiento es claro: “no te inclinarás a
ellas, ni las honrarás”. ¿Qué tienes que decir respecto la adoración que
das a los ídolos del deporte, del cine o por las élites de cualquier otra
especialidad? Todos ellos tienen un
propósito común: Que apartes los ojos del Señor Jesucristo y los deposites en
ídolos de carne que perecen.
Dios por la pluma del salmista nos dice: “Pero mi pueblo no oyó mi voz, e Israel no
me quiso a mí. Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón, caminan en sus
propios consejos. ¡Oh si me hubiese
oído mi pueblo, si en mis caminos hubiese andado Israel! (vv, 11-13).
La sabiduría popular dice: “Es de sabios
rectificar. Lector amigo, si la idolatría te atrae aun estás a tiempo de
rectificar y volverte a Él que es tu Salvador.
Es de sabios rectificar.
PROVERBIOS 16: 20
“Quien
confía en el Señor será feliz”
La felicidad es el objetivo de todas las
personas. Es una meta imposible de alcanzar si no se hace de manera correcta.
Todos los caminos conducen a Roma, dice el adagio. En el campo del espíritu la
cosa no es así. La manera natural del ateo de buscar la felicidad consiste en
marcarse objetivos materiales concretos. Cuando los consigue se siente feliz.
Pero la consecución de los objetivos materiales marcados no satisfacen: Amasar
dinero, viajar, disfrutar de la vida satisfaciendo los apetitos carnales.
Complacer a todo aquello que la sensualidad pide, momentáneamente satisface.
Después queda el mal sabor de boca. Nos equivocamos cuando creemos que vamos a
conseguir la felicidad almacenando bienes materiales. El dinero y las
posesiones materiales satisfacen momentáneamente. Lo que queda es
insatisfacción.
Como dijo un antiguo poeta: “Quien ama la
plata no se saciará con la plata, y quien ame la riqueza no saciará ninguna
renta”. Intentar ser feliz almacenando cuantas más cosas materiales sea posible
es tan imposible de alcanzar como
intentar retener el agua en el cuenco de la mano. Si lo material ha demostrado
que no sirve para hacer feliz a quien lo posee, nos queda el desechado campo
del espíritu. “El entendido en la Palabra
encontrará el bien, y el que confía en el Señor será feliz” (Proverbios 16:
20). Ni la poesía ni la buena literatura no pueden considerarse cosas
espirituales. Son reminiscencias de lo que queda del hombre creado a imagen y
semejanza de Dios después de la caída de Adán en pecado. Su lectura gratifica
pero no hace feliz. Juvenal poeta latino de la antigua Roma, escribió: “Ningún
hombre malo es feliz. El poeta dijo una
verdad como un templo. Pudo escribirlo porque aun siendo pecador le
quedó algo de la imagen y semejanza de Dios que heredó de Adán. Pudo discernir
la condición humana pero no puede hacer bueno al hombre.
“Felices
aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Feliz
el varón a quien el Señor no inculpa de pecado”
(Romanos 4: 7, 8). ¿Cómo puede ser
posible que Dios que es cien por cien justo no
culpe de pecado a quien es pecador?
La respuesta a esta pregunta nos la da el apóstol Juan cuando escribe: “si confesamos nuestros pecados (no a un
hombre sino al Señor Jesucristo), Él es
fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1
Juan 1: 9). El secreto de la felicidad se encuentra en Jesús.
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