SALMO 105: 43-45
“Sacó
a su pueblo con gozo, con júbilo a sus escogidos. Les dio las tierras de las
naciones, y las labores de los pueblo heredaron, para que guardasen sus
estatutos, cumpliesen sus leyes, ¡Aleluya!”
El texto que sirve de base a esta
reflexión, si el lector es un verdadero cristiano guiado por el Espíritu Santo
y que por la fe en Jesús se ha convertido en un hijo de Dios por adopción, el
Señor será tu gozo, con júbilo de las terribles tinieblas espirituales que te
envolvían te liberaste para convertirte en un miembro del cuerpo místico de
Jesús. El Señor te sacó del reino de las tinieblas para introducirte en el
reino de la luz, “para que guardases sus
estatutos, cumpliesen sus leyes, ¡Aleluya!” Antes de que te convirtieses en
un hijo de Dios por adopción por la por la fe en Jesús, vivías una vida
mundana. Los deleites de los placeres de este mundo controlado por Satanás te
atraían. Las delicias de la carne te seducían.
Por la gracia de Dios este tipo de vida
se acabó. Los placeres terrenales se acabaron. Ahora tienes los ojos puestos en
los bienes celestiales. Ahora, a pesar de que eres salvo por la fe en Jesús
sigues siendo pecador. En tu interior existe una lucha entre el mal del pasado
y el bien del presente. “Antes, en todas
estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó” (Romanos
8: 37). La lucha espiritual entre el bien y el mal durará todo el tiempo que
vivas aquí en la tierra porque posees un cuerpo corruptible: “Porque es necesario que esto corruptible se
vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto
corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de
inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: sorbida es la
muerte en victoria. ¿Dónde está oh muerte tu aguijón? ¿Dónde oh sepulcro, tu
victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es
la Ley. Mas gracias son dadas a Dios,
que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios
15: 53- 57).
Antes no llegue el Día de la Victoria
Final aceptemos la instrucción que el salmista
transmite respecto a la Palabra de Dios: “Toda la Palabra de Dios es limpia. Él es escudo a los que en Él
esperan. No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas hallado
mentiroso” (Salmo 30: 5, 6). La Palabra de Dios es la fuente de la que mana
la fuerza que nos permite continuar la carrera que nos lleva a la meta donde
recibiremos el premio de la VIDA ETERNA. Las penalidades del tiempo presente
habrán dejado de existir eternamente.
JEREMIAS 2: 19
“Tu
maldad te castigará, y tus rebeldías te castigarán, sabe pues, y ve cuan malo y
amargo es haber dejado tu al Señor tu
Dios, y faltar mi temor en ti, dice el Señor Dios de los ejércitos”
Nos gusta eludir responsabilidades. Nos
justificamos ante la maldad de la gente diciendo: “Esto yo no lo haré nunca”.
¿Qué dice la Biblia al respecto? “Os
jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala, y el que sabe
hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4: 16, 17). Si
supiésemos frenar nuestros labios habríamos avanzado mucho. En nuestra soberbia
proclamamos a los cuatro vientos: “Esto yo no lo haré nunca”. Caemos de pie
como los gatos. Acabada de proclamar nuestra bondad cometemos una maldad peor
que la censurada. Las palabras de Santiago tendrían que despertarnos del sopor
en que hemos caído: “Sabemos hace lo
bueno pero no lo hacemos. Esto nos es pecado” (Santiago 4: 17).
¿Qué dice la Biblia respecto al pecado? “Como está escrito: No hay justo ni aún uno,
no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios, todos se desviaron, a una se
hicieron inútiles, no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno, sepulcro
abierto es su garganta, con su lengua engañan, veneno de áspides hay debajo de
sus labios, su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se
apresuran a derramar sangre, quebranto y amargura hay en sus caminos, y no
conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos. Pero sabemos
que lo que dice la Ley lo dice a los que están bajo la Ley, para que toda boca
se cierre y todo el mundo queda bajo el juicio de Dios, ya que por las obras de
la Ley ningún ser humano será declarado justo delante de Él, porque por medio
de la Ley es el conocimiento del pecado”
(Romanos 3: 10-20). Si el lector quiere ser sincero consigo mismo,
en un punto u otro de la Ley de Dios hay un aguijón que te pincha acusándote:
Eres culpable. Si crees que puedes guardar toda la Ley de Dios, te equivocas.
Incluso los pecados veniales que menciona la Iglesia Católica son pecados que
te condenan.
Presta atención a lo que escribe
Santiago: “Porque cualquiera que guarde
toda la Ley, pero ofende en un punto se hace culpable de todos” (2: 10). La
Ley de Dios condena al lector a la muerte eterna. La misericordia del Señor
como dice el apóstol Pablo te libera de ella: “¡Miserable de mí! ¿Quién me liberará de este cuerpo de muerte? Gracias
doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7: 24, 25).
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