diumenge, 8 de febrer del 2026

 

EL TRABAJO ENNOBLECE 

“El deseo del perezoso lo mata, porque sus manos no quieren trabajar” (Proverbios 21: 25)

Algunos dicen que el trabajo es castigo divino. Se equivocan quienes creen tal cosa. Para resolver el dilema forzosamente tenemos que ir al origen de la Historia. Ello nos lleva al libro bíblico de Génesis que es donde se narra la creación del hombre: “Tomó, pues el Señor Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase” (Génesis 2: 15). Este encargo Adán lo recibió del Señor Dios antes de que comiese el fruto  prohibido “del árbol del conocimiento del bien y del mal” (2: 12). El trabajo no es un castigo sino una bendición que serviría para que Adán estuviese ocupado y no pasase los días tumbado a la bartola. La placentera situación que gozaba Adán finalizó cuando comió el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal que el Señor Dios le dijo que no comise “porque el día que de él comas ciertamente morirás” (2: 17). Por instigación de Eva, Adán desobedeció la orden divina. Adán no murió fulminado por un rayo. Pero se inoculó el virus del pecado que, además de perder la vida eterna trastornó radicalmente el entorno en que vivía. El Señor Dios dijo a Adán: ”Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol que te mandé diciendo: No comerás de él, maldita será la Tierra por tu causa, con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinas y cardos te producirá, y comerás planta del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado, pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3: 17-19). 

El trabajo que hasta aquel momento era dulce y agradable se, convirtió en duro y pesado: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra”. El pecado hace efectos devastadores en todos los efectos. El tema del trabajo no es una excepción hasta el punto que el apóstol Pablo se vio forzado a escribir con contundencia: “Si alguien no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Tesalonicenses 3: 10), “al tal no se le tiene que considerar un enemigo, sino a alguien a quien se le tiene que corregir como hermano” (v. 15). La ociosidad es un mal compañero de viaje. Tenemos que impedir que se apodere de nosotros. El principio general es. “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3: 23). Ilustra este principio una anécdota muy sugerente: “Había tres picapedreros. Un forastero se acercó a ellos. A uno le preguntó: “¿Qué haces?” El obrero le respondió: “¿No ves que estoy picando piedras?” Se acerca a otro para hacerle la misma pregunta. El encuestado le responde: “Estoy ganando un salario”. Al aproximarse al último de los picapedreros le repite la pregunta y recibe una respuesta muy sorprendente: “Estoy construyendo una catedral”. Imagínate lector que un desconocido se te acercase para preguntarte: ¿Qué estás haciendo? Si construir una catedral es un trabajo  magnífico, ¡cuánto más no lo será si lo que se está haciendo es para la gloria de Dios! “Ei trabajo de una sirvienta hecho como a Dios, es tan sagrado como la meditación de un monje” (Martín Lutero).

El Estado del bienestar convierte en desgraciadas a muchas personas que se convierten en desocupadas que solamente les preocupa llegar a fin de mes para cobrar. Esto no es Estado del bienestar. Es una fábrica de sanguijuelas que chupan de la caja común. Puntualmente puede ser conveniente una ayuda estatal, pero no indefinidamente. La Constitución promete la felicidad de los ciudadanos. Es responsabilidad del Gobierno garantizar trabajo para todos los ciudadanos. Es inmoral pagar a quien no trabaja.

Vayamos a los jubilados. Éstos, estando en activo cotizaron para su jubilación. Llegada ésta, religiosamente cobran cada fin de mes. Cierto. Es muy aburrido tumbarse a la bartola. El tiempo de que se dispone puede dedicarse a tareas de voluntariado. Los años en activo han aportado un cúmulo de conocimientos que puede ser muy vivificante compartirlos con quienes les siguen. Nitin Nochiric, decano de Harvard Bussiness School ha dejado escrito: “Es una tortura jubilar a una persona de 60 años llena de vida, experiencia y deseos de compartirlo, que quiere sentirse útil y que le paguen por serlo. Yo trabajaré a esta edad y en cualquier otra  en la medida de mis posibilidades, porque en cualquier edad necesitamos sentirnos útiles”.

¿No es una contradicción que haya tantas personas que cobran del paro y haya tanta falta de electricistas, carpinteros, fontaneros……? Algo falla.

Octavi Pereña Cortina

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada