diumenge, 28 de desembre del 2025

 

VIOLENCIA DE GÉNERO

El fácil acceso de niños y adolescentes al porno, es causa que contribuye al incremento de la violencia contra la mujer

He aquí unas respuestas que Silvia Semenzin, doctora en sociología y que desde el año 2018 se dedica a investigar a grupos que se dedican a compartir fotos de esposas y otros que aconsejan cómo drogar a las mujeres. Dice: “Me infiltré (en uno de estos grupos) para entenderlos y lo que descubrí fue inquietante: para muchos hombres cosificar a las mujeres es como consumir porno, no se consideran malos, creen que es un juego entre amigos que se sienten muy machos”…”Es necesario un cambio cultural. Enseñar desde pequeños qué es el consentimiento, qué es la libertad sexual, qué significa feminismo. I regular la tecnología que va más rápida que la ley”…”No existe la manera de borrar completamente las imágenes después que se difunden. El mal es continuo, masivo y colectivo. Es una violencia que no se detiene. .…”la misoginia se ha radicalizado. Si antes era una “broma”, ahora es una manera explícita de control: desnudar a las mujeres para humillarlas, silenciarlas, vengarse si se lo permiten o si son mujeres con voz pública”. Para combatir esta epidemia no basta con enseñar a los niños a que respeten a las mujeres, ni en tomar medidas judiciales y policiales más estrictas. Es un problema profundamente enraizado en el corazón: se llama PECADO.

Una de las causas de la expansión de la violencia machista es la pornografía. He aquí algunas declaraciones al respecto: “La pornografía afecta por un igual: a quienes la utilizan y a las víctimas. Alimenta deseos lujuriosos que nunca se pueden satisfacer” (Albert Leel). “No veía a las víctimas como personas, para mí solamente eran objetos sexuales” (Ozhosa Ovienriola). “La pornografía, sea violenta o no, es la causa más grave de la presencia de la violación en la sociedad moderna. A pesar de que se dan muchas teorías sobre las causas del crimen de la violación, investigaciones empíricas y sociales, la evidencia es contundente en afirmar que la pornografía es el factor principal que lo causa” (Hanga Handreas Tzortis). “Como caballos bien alimentados, cada cual relincha tras la mujer de su prójimo. ¿No había de castigar esto?, dijo el Señor” (Jeremías 5: 8, 9).

Hemos visto las nefastas consecuencias de la pandemia de lo deseos sexuales incontrolados. Ahora examinaremos la causa que los producen. Dios creó a Adán, pero para él “no se encontró ayuda idónea” (Génesis 2: 20). Dios extrajo de Adán una costilla y con esta materia primera hizo de ella a Eva para que la especie humana pudiese multiplicarse. Gracias a la aparición en el escenario del jardín de un personaje no invitado: Satanás, “padre de mentira y homicida des del principio” (Juan 8: 44), engatusó a Eva para que comiese el fruto del árbol prohibido. Una vez injerido, Eva, con zalamerías hizo que su marido también comiese. Con ello el pecado entró en el mundo. El sexo que era necesaria para la multiplicación de la especie humana  convirtió a los hombres “en caballos bien alimentados, cada cual relinchaba tras la mujer de su prójimo. ¿No había de castigar esto?, dijo el Señor. De una nación como esta, ¿no se había de vengar mi alma?” (Jeremías 5: 8, 9).

Pasan los siglos y el pueblo de Dios deja de ser exclusivo de los judíos para dar paso a los gentiles. El tema del sexo debido a la importancia que tiene no se le puede excluir del temario de la iglesia. Analicemos lo que dice. El tema del matrimonio es tan profundo que a pesar de que la Biblia lo trata, todavía nos encontramos en pañales por lo que hace su plena comprensión. Con lo poco que lo comprendemos tenemos suficiente para corregir, si es necesario, nuestro comportamiento.

El texto de referencia comienza así: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Efesios 5: 21). Un tema de primerísima importancia si es que se desea llegar a un final feliz es que Cristo es la piedra del ángulo del edificio conyugal. El texto mencionado se refiere a ambos esposos. Los dos tienen la obligación de someterse al temor de Dios. La reverencia a Cristo tiene que ser el principal objetivo.

El apóstol Pablo dirigiéndose a las esposas, escribe: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo y su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas estén sujetas a sus maridos en todo” (vv. 22, 24). Si el lector es mujer no se escandalice. Sea paciente. Todavía no he terminado. El sometimiento de la esposa a su marido tiene como modelo el sometimiento de la iglesia a Cristo. Es voluntario. No impuesto. Si el lector es mujer no se contriste, el “The End” de la historia todavía no ha salido. Continúe leyendo con tranquilidad.

“Maridos amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó asimismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tiene mancha ni  arruga ni cosa semejante,  sino que fuese santa y sin mancha. Así mismo los maridos deben amar a sus mujeres como a sí mismos. El que ama a su mujer a sí mismo se ama. Porque nadie  aborreció jamás  a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia. Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne” (vv. 25-31). ¿Puede alguien llegar a entender la profundidad de la comparación que el apóstol Pablo hace del marido como cabeza de la esposa y de Cristo como cabeza de la iglesia? Entenderlo, no. Creerlo, sí. La relación conyugal mejorará con ello, si ambos esposos lo creen por fe. ¡Cuánta razón tiene el apóstol Pablo cuando cierra el tema del matrimonio con estas palabras:  “Grande es este misterio: Mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia. Por lo demás cada uno de vosotros ame también a su mujer como a él mismo, y la mujer respete a su marido” (vv. 32, 33). El marido que ama a su esposa con un amor parecido al que Cristo siente por la iglesia, jamás hará fotos íntimas de su esposa cosificándola como objeto sexual.

Octavi Pereña Cortina

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