diumenge, 21 de desembre del 2025

 

DERRIBO DE MUROS

Machismo, feminismo, racismo… ¿Cómo conseguir la paz?

Con lenguaje muy entendedor  el arzobispo de Tarragona Joan Planelles describe la relación entre la moabita Rut y  su suegra la judía Noemí, en su escrito: “La ternura ante la intransigencia”: “Este relato de la vida de Rut es un ejemplo conmovedor de fidelidad, coraje y compasión, que rompe con las rígidas estructuras de exclusión y dogmatismos que a menudo nos encontramos tantas veces con los inmigrantes o simplemente, con aquellos que no piensan como nosotros o que no son de nuestra etnia. Rut destaca por la ternura, con una actitud abierta y amorosa. Demuestra una fidelidad profunda y un amor que trasciende las barreras étnicas y sociales. Este gesto es revolucionario porque va mucho más allá de la ley establecida, rompe las normas y barreras, tan naturales como aquellas otras interiores del corazón. Es un gesto que desafía la lógica integrista que podría haber rechazado por el hecho de ser extranjera”. Si no fuese porque el clérigo menciona como de pasada Rut 1: 16, el escrito podría considerarse perfectamente como muestra del humanismo cristiano carente del Espíritu de Cristo que da fuerza al creyente para vivir santamente.

Esta relación tan idílica que describe el arzobispo tarraconense, si no fuese por la mención como de pasada de lo que Rut le dijo a su suegra cuando ésta la incita a seguir el ejemplo de su cuñada que decide quedarse en Moab en vez de acompañar a su suegra en su regreso a Belén. Rut le dijo a su suegra: “No me ruegues  que te deje, y me aparte de ti, porque dondequiera que tu vayas, yo iré, y dondequiera que vivas, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tu mueras, moriré yo, y allí seré sepultada, así me haga el Señor, y aun me añada, que sólo la muerte hará separación entre nosotras dos” (Rut 1. 16, 17).

¿Cómo puede ser posible que una mujer abandone las costumbres y la religión de su pueblo para adoptar las de otro? El texto no lo menciona. Es muy posible que la fe y el comportamiento de Noemí en la adversidad calasen hondo en el corazón de Rut hasta el punto de desear ardientemente a abandonar los dioses en que creía para para hacerse suyo el Dios de Israel. La declaración de Rut puede resumirse en: “Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios”. Sin hacer ruido. Callada y silenciosamente, hizo posible lo que el apóstol Pablo anuncia. “Por tanto,  acordaos que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, eráis llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne…Porque Él (Cristo) es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz. Y mediante la cruz reconciliar a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca. Porque por medio de Él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor, en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2: 11, 14-22).

Si no hubiese sido por la mención fugaz de Rut 1: 16 el escrito del arzobispo podría entenderse perfectamente como humanismo cristiano carente del Espíritu de Cristo que da fuerza al cristiano para vivir santamente. ¿Quién podía pensar que una hambre canina que arrasó la tierra de Israel, que impulsó a Elimelec, su esposa Noemí y a sus dos hijos a emigrar a Moab y que uno de ellos se casaría con Rut la moabita  y que ésta al envidar se casaría con Booz y que de su descendencia nacería Jesús el Hijo de Dios según la carne que moriría crucificado para salvar al pueblo de Dios de sus pecados y, en consecuencia se derribarían los muros de separación  para hacer de dos pueblos un solo pueblo: el de Dios. ¡Verdaderamente los designios de Dios son misteriosos!

Octavi Pereña Cortina

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